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La Página de Bedri
Relatos prohibidos
Fumando en la pasarela
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Era una noche templada, acababa de dejar el bar y estaba bastante deprimido porque volvía a estar solo. El camino a casa era relajante, no era una caminata larga, pero lo suficiente como para devolverme a la realidad cuando encendí un cigarrillo. Me detuve un poco para encenderlo y levanté la mirada para dar una bocanada antes de continuar. Entonces la vi, al otro lado de la calle, parada mirándome. Instintivamente apagué el cigarrillo y me acerqué.

― ¿Tienes otro? ―me preguntó.

― Por supuesto ―respondí.

Estaba demasiado oscuro como para verla con claridad. Su cuerpo era delgado y menudo, su cabello era largo, oscuro y bastante rizado. Su modo de fumar era único, no solo exótico, sino sensual. Podría haber jurado que estaba haciendo el amor con el cigarrillo, exhalando directamente hacia mí y caminé hacia el humo. Hablábamos mientras caminábamos y su voz era seductora, con una connotación sexual en cada frase. Mientras caminábamos, me di cuenta de que no nos dirigíamos a ningún lugar concreto. Sin embargo, sabía exactamente a dónde iba porque pronto me di cuenta que dirección habíamos tomado. Llegamos al río que corría por el parque y nos dirigimos hacia la pasarela. Mi mente se encontraba demasiado ocupada intentando discernir entre tantas ideas que se me arremolinaban en la cabeza. No pude percibir el perfume de las flores ni el aroma de los árboles. Había unos aromas nuevos que me excitaban con cada inhalación. Notaba vientos dulces y sexys acariciando su cabello. Era realmente duro, pero más que eso, mi mente estaba llena de pasión y sensualidad. A mitad del puente se detuvo y se sentó, quitándose las botas.

―Vamos, el agua te sentará realmente bien ― dijo ella con un gesto.

Me acerqué y me senté a su lado, me quité los zapatos y puse los pies en el agua. Estaba fría, exquisitamente fría. Sacó una vieja pipa de madera y la cargó con un delicioso tabaco oriental. Ese olor mezclado con el de ella me mareó. No era como un nuevo aroma, sino como que siempre había estado allí y no lo había notado antes.

― ¿Te importa si fumo? ― preguntó ella.

―No, no, en absoluto ―respondí.

― ¿Quieres algo?

―No, no, gracias.

― ¿Seguro?

―Si, seguro.

Ella fumó la pipa sensualmente, sus labios besando el brillante final de la pipa. Estaba serena, sus ojos reflejaban la luna y parecían brillar con ella. Sus pómulos eran altos y bien formados. Fumaba la pipa con sus labios carnosos y llenos. Me ofreció la pipa y la acepté y fumé. El tabaco era fuerte, el más fuerte que he fumado. Mis pulmones se quemaron y mis ojos se humedecieron entre toses. Nos pasamos la pipa de uno al otro hasta que se acabó. Luego fumamos otro cigarrillo, mientras inhalaba profundamente el cigarrillo se escurrió y cayó en espiral hasta los dedos de mis pies. Ella dejó escapar un suave gemido mientras tomaba un poco de humo y exhalaba. Luego se recostó y observó las estrellas. Riendo como si estuviera en otro planeta. Me incliné y puse mi cara frente a la de ella. Ella no dijo nada, solo parpadeó y cerró los ojos. Sus manos peinaron mi cara y encontraron mis labios y luego las movió acariciándome hasta a mis ojos. Presionó ligeramente y abarcó mi cabeza con ambas manos. Se me acercó más abriendo su boca y me besó. Sus labios eran suculentos, tenían voluntad propia mientras me besaban. Ella rezumaba sexualidad. Su lengua apartó mis labios y entrando encontró mi lengua. Pronto nuestras lenguas circulaban y se acariciaban, haciéndome gemir ligeramente en su boca. Sus manos bajaron encontrando mi pecho y erectos los pezones. Ella los tocó, tiró de ellos. La sensación fue estimulante. Ella se quitó la camisa y comenzó a besarme. Empezó besando mi cuello y bajando, más abajo, más lejos, más allá. Estaba tan emocionado que casi me corrí. Ella desabrochó mi cinturón y mis jeans con sus dientes. Levanté mis caderas y me quitó los pantalones. Ella tomó la cabeza del pene, sus labios tenían el mismo ritmo pulsante, chupó duro y mordisqueó un poco.

―Uhhhhhggg ―gruñí excitado.

―Mmmmmm ―respondió.

Ella empujó todo el pene hasta la parte posterior de la garganta. Su lengua salió violentamente y me hizo cosquillas en el escroto, luego acarició con cautela. Mi mente era una nube de humo. Ella estaba acaparando todos mis pensamientos, envolviendo mi virilidad. Ella continuó acariciándome con su lengua y subió, arrastrando los dientes. Sus labios suculentos volvieron a atrapar la cabeza de mi pene. Esta vez su lengua me hizo cosquillas en la punta. Pronto a correrme unas gotitas de líquido goteaban por la abertura, pero eso no detuvo su ritmo. Ella acarició la punta con su dedo y su cabeza comenzó a moverse más rápido.

Gemí fuerte y la sentí gemir profundamente también. Su dedo se metió en mi boca y entró. El sabor era salado, pero no me importó, fue sensual. Su otra mano agarró mi pene con fuerza y aplicó su boca. Su cabeza y su mano ahora se movían al unísono, arriba y abajo, girando ligeramente. Su saliva me cubrió, su boca comenzó a chupar más fuerte, su lengua vibraba más rápido. Ella movió su mano rápido más aún. Empecé a ponerme rígido, mis caderas se sacudieron violentamente.

― Uhhhhhggg.

Ella fue más rápido y más rápido. Mi escroto se puso duro como una piedra, ella lo acarició, lo cuidó. Mi pene se puso tenso y se la metió toda en la boca. Se tensó, tragó saliva, los músculos de su garganta se tensaron, su mano mantuvo el ritmo. Dejé escapar un quejido y me corrí. Solté mi semen caliente en su garganta y ella bombeó más rápido, más duro. Descarga tras descarga me corrí y mi semen cubrió su lengua y su boca. Ella siguió chupando, queriendo más pero no tuve más. Me quedé allí, mi pene todavía estaba envuelto por su boca y ella me lamió limpiándome. Luego ella se me acercó y nos besamos profundamente con toda la pasión.

Sr. Pepe

Otro relato ...




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