Trabajaba en una importante oficina cuando contrataron a una nueva secretaria ejecutiva. Sheila tenía unos veinte años, una mezcla de sangre asiática y mexicana, y era absolutamente despampanante. Medía 1,70 m, tenía la piel aceitunada, los ojos marrones y el pelo negro hasta los hombros. Tenía un cuerpo atlético con tetas 34 D, vientre plano, culo perfectamente formado y hermosas piernas. Una cosa más que destacaba eran las uñas perfectamente cuidadas de sus manos y pies. Y, por si fuera poco, era una mujer segura de sí misma, super inteligente y que destilaba sensualidad.
La conocí en la cafetería y, en cuanto nos presentamos, congeniamos de inmediato. Hablaba bien, era divertida y tenía una forma de hablar que atraía. A lo largo del año siguiente empezamos a vernos en los descansos y a la comida.
Sheila estaba casada. Con el tiempo conocí a su marido Jaime, que era casi veinte años mayor que ella y parecía tratarla como a una reina. Me habría encantado intentar intimar con Sheila, pero me aseguró de que nuestra relación fuera platónica, ya que disfrutaba de su compañía y no quería arruinarla. Nunca me lo dijo directamente, pero pude detectar que algo faltaba en su matrimonio. También pensé que tenía suerte porque Jaime no parecía ser del tipo celoso que pondría fin a mi amistad con su esposa.
Un día, durante el almuerzo, Sheila me preguntó― Nunca me hablas de las chicas con las que sales. ¿Vas en serio con alguna?
― Salgo con alguien, pero no pensé que quisieras oír hablar de ellas ―Le contesté.
Entonces preguntó― ¿Cuáles la chica perfecta para ti?
― Alguien como tú, divertida, atenta, súper atractiva y sexy ―Le contesté, sin pensarlo.
Sheila, tras unos incómodos momentos de silencio, preguntó― ¿Por qué no te me has insinuado?
Carraspeé y le dije― Lo primero, eres una compañera de trabajo. Segundo, no quiero arruinar nuestro tiempo juntos. Tercero, estás casada. ¿Quieres que siga?
― Eres un buen tío. Suelo ligar continuamente y quería saber por qué no te atraigo ―dijo ella.
― Estás loca si crees que no me atraes. Pero no quiero estropear nuestra amistad.
Eso puso fin a la conversación, pero ahora más que nunca sospechaba que no era feliz en casa.
Seguimos almorzando juntos varias veces al mes y ahora, parte de nuestros encuentros incluían un saludo y un abrazo de despedida y un beso (fuera del trabajo) y algo más de flirteo.
Yo había empezado a salir con una chica llamada Beatriz, pero ambos nos lo estábamos tomando con calma. Sheila se había enterado de su existencia e incluso la había visto una vez cuando me recogió en el trabajo. No podía estar seguro, pero creo que las dos estaban celosas la una de la otra, aunque yo no había hecho nada para provocarlo, que yo supiera.
Se acercaba el día de Año Nuevo y recibí una llamada de Sheila en el móvil― ¿Beatriz y tú tenéis planes para Nochevieja?
― En realidad no hemos hablado de ello. ¿Que pasa?
― Acabamos de comprar un nuevo jacuzzi y nos preguntábamos si Beatriz y tú querríais venir a cenar, tomar algo y bañaros en el jacuzzi en Nochevieja.
― Suena genial. Te llamaré.
Cuando llamé y le propuse la idea a Beatriz, se enfadó de inmediato y dijo― Sólo quieres estar cerca de Sheila porque estás colado por ella. ¡Que te jodan! Ve a con ella tú solo.
No me esperaba ese arrebato, así que colgué. No sabía qué había provocado esta reacción, así que me fui a la cama un poco cabreado y confuso.
Al día siguiente, en el trabajo, Sheila entró en mi despacho y me preguntó― ¿Has hablado con Beatriz de Nochevieja?
No sabía qué decir, así que le dije la verdad― Beatriz se enfadó por tu oferta. Me dijo que fuera a pasarla contigo y sin ella. Creo que está celosa de ti.
Sheila se sorprendió de la reacción, sobre todo porque en realidad sólo habíamos llegado a ser amigos.
― Lo siento si tuve algo que ver con arruinar tus planes con Beatriz. Pero aun así deberías venir y pasar la nochevieja conmigo. Quiero decir, nosotros, si no tienes planes.
En lo que a mí respecta, pasar tiempo en un jacuzzi con Sheila, y su marido, o gastar un montón de dinero para ir de fiesta en Nochevieja no tenía discusión. Acepté su invitación.
La noche siguiente estaba en casa cuando sonó el timbre. Abrí la puerta y era Beatriz. La invite a pasar y se disculpó por su pequeño arrebato.
― El modo en que Sheila y tú os comportáis demuestra que ella te gusta y que a ella le gustas. Me puse celosa y perdí la calma.
― ¿Hice algo inapropiado delante de ti con ella? Joder, si sólo la has visto una vez ―Le pregunté.
― No, pero nunca me miras como la miras a ella.
Entonces empezó a llorar. No sabía qué hacer, así que la cogí entre mis brazos y la abracé. Ella se inclinó hacia mí y rápidamente nos besamos mientras su mano se deslizaba dentro de los pantalones de chándal que llevaba puestos y encontró mi polla que se hinchó rápidamente. Beatriz se agachó y empezó a lamerme la polla antes de bajar de ponerse de rodillas. Me miró mientras se tragaba mis veinte centímetros de polla dura.
Mientras me la chupaba, Beatriz me acariciaba los huevos. Hizo una pausa lo suficiente para meterse mis pelotas en la boca y luego se tragó mi dura polla hasta el fondo de su garganta. Al mismo tiempo, babeaba sobre su mano y luego deslizó su dedo medio en mi culo. Estallé en un orgasmo masivo y descargué toda mi leche en su boca. Sin perder un segundo, se la tragó todo.
Me miró mientras se relamía y dijo― Apuesto a que Sheila no haría eso.
Me quedé asombrado. En un instante Beatriz había sacado el tema de Sheila después de hacerme una mamada de primera. Me cabreé que Beatriz lo hubiera hecho pensando en cómo reaccionaría yo sobre Sheila.
― Eso fue increíble, pero tenías que arruinarlo estando jodidamente celosa de alguien que sólo es mi amiga. ¡Vete de mi casa! No tengo tiempo ni paciencia para lidiar contigo.
Cuando le dije esto a Beatriz, ya me había vuelto a meter la polla en el chándal, la había levantado de las rodillas y la había sacado por la puerta principal. Beatriz se resistió brevemente y luego se fue. Yo estaba contento por la mamada y molesto porque ella lo había hecho porque estaba celosa.
Al día siguiente, en el trabajo, como de costumbre antes de empezar, vi a Sheila en la cafetera. Ambos estábamos enfrascados en el trabajo y rápidamente quedamos para ir a comer.
Justo antes de comer, hubo un simulacro de incendio. Tuvimos que salir del edificio y quedarnos en el punto de encuentro hasta que todo el mundo estuviera localizado. Luego, Sheila y yo nos fuimos a comer.
Sheila se dio cuenta de que tenía algo en mente, así que le conté lo que había pasado con Beatriz la noche anterior, sin omitir ningún detalle. Sheila no dijo nada durante unos minutos.
Entonces Sheila dijo― Bueno, al menos te has desahogado ―La miré y las dos nos echamos a reír.
― Siento haberme interpuesto entre tu novia y tú. Pero no sé por qué estaría celosa de mí.
― Creo que sabe que me gusta una mujer casada.
― Entonces estamos en paz, yo también estoy enamorada de ti.
Terminamos de comer sin decir mucho más.
Cuando estábamos a punto de volver al trabajo, Sheila preguntó― ¿Todavía vas a venir en Nochevieja?
― Quiero, ¿le parece bien a Jaime?
― No dejes que eso te detenga, también vendrán algunos vecinos. Así que no serás sólo tú. Y te quiero allí.
Acepté, de nuevo, estar en su casa el día de Nochevieja y le pregunté qué podía llevar. Sheila se lo pensó unos segundos y me dijo― Un bañador y un cepillo de dientes. Probablemente no deberías conducir. Tendré preparada la habitación de invitados.
Por fin era Nochevieja. Me preparé para la velada y llegué a casa de Sheila a las 20:30. Jaime me recibió en la puerta. Ya no sentía ningún dolor mientras me presentaba a varios de sus vecinos. Una señora en particular era preciosa. Se llamaba Bárbara.
Cuando llevaba allí unos minutos, apareció Sheila vestida con un top rojo de tirantes que apenas le sujetaba las tetas sin sujetador, unos pantalones negros ajustados y unos zapatos rojos con tacones de aguja. Estaba magnífica. Al parecer ya había saludado a todos los presentes, así que me dio la bienvenida a su casa con un maravilloso abrazo y un beso. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que nadie se fijaba en nosotros, así que me aferré a ella un poco más. Inmediatamente sentí que mi polla crecía y sentí cómo presionaba a Sheila. Ella también lo noté y me susurró al oído― No pierdas eso ―Cuando nos separamos, me dijo que me tomara una copa y me pusiera cómodo.
Me mezclé con los demás durante las horas siguientes mientras casi todo el mundo bebía hasta emborracharse o casi emborracharse. Las únicas excepciones parecían ser Sheila, Bárbara y yo. Jaime estaba, como se suele decir, a cuatro velas.
Cuando empezó la cuenta atrás de medianoche, todo el mundo estaba con su pareja y se besaban al entrar el nuevo año. Luego todo el mundo besaba a los demás. Bárbara estaba cerca y me dijo― Feliz Año Nuevo ―y me dio un profundo y satisfactorio beso y un fuerte abrazo. Sentí un golpecito en el hombro y allí estaba Sheila preguntando― ¿Puedo interrumpir? ―Entonces Sheila estuvo entre mis brazos, besándome. Entre besar y abrazar a Bárbara y ahora besar y abrazar a Sheila, mi polla estaba dura y presionando contra ella. Nos separamos cuando todo el mundo volvía a brindar.
En el transcurso de la siguiente hora, los invitados empezaron a irse, ayudé a acostar a Jaime y empecé a recoger y limpiar la casa de Sheila. A la 1:30 a.m. todo el mundo se había ido a casa. Yo había cogido un taxi hasta casa de Sheila, así que mi coche estaba en casa.
Mientras terminábamos de limpiarlo todo, Sheila me miró y me preguntó― ¿Has traído bañador?
― No, ¿esta bien?
Sheila respondió tirando de los finos tirantes que sujetaban su top por los hombros y quitándoselo. Tenía unos pechos perfectos, firmes y con los pezones duros apuntándome. Se enganchó los pulgares en los pantalones y, mientras yo la miraba embelesado, se los quitó bajándose de los tacones mientras pasaba los pantalones por encima y se los quitaba de los tobillos y los pies. Volvió a ponerse los zapatos con tacones de aguja, se puso derecha ante mi llevando sólo un diminuto tanga y sus zapatos, y preguntó― ¿Te gusta?
Como respuesta, me quité los zapatos de una patada, me quité la camisa, me desabroché el cinturón y los pantalones y me desnudé hasta quedar en ropa interior. Mi polla palpitaba y se tensaba contra la fina tela de los calzoncillos mientras atraía a Sheila hacia mi cuerpo. Cuando nos tocamos, sentí como si una corriente eléctrica fluyera entre nosotros. Mientras nos besábamos, Sheila me metió la lengua en la boca y empecé a chuparla. Mis manos la apretaban contra mí y apretaban sus tetas y su culo perfecto al mismo tiempo. La idea de que su marido nos viera parecía excitarnos aún más.
Mientras se arrodillaba y liberaba mi polla, levantó la vista y me dijo― No se despertará ―lamió la cabeza de mi polla mientras saboreaba mi zumo y comenzó a lamérmela como si fuera una paleta enviando descargas eléctricas a través de mi cuerpo antes de chupar profundamente en su boca mientras su nariz tocaba mi cuerpo. Beatriz había sido una buena chupadora de pollas, pero la habilidad oral de Sheila no se parecía a nada que yo hubiera experimentado antes. La agarré del pelo con las dos manos y la follé casi violentamente por la cara mientras explotaba y tenía un orgasmo para recordar durante eternidad. Sheila siguió chupando y tragando todo mi semen. Empecé a ablandarme un poco y finalmente dejé que mi polla se escapara de su boca. Se levantó y me besó mientras yo saboreaba mi semen mezclado con su saliva. Su mano derecha sujetaba y apretaba mi polla aún firme y dijo― Mi turno...
Sheila me llevó por la polla a la habitación de invitados. Cuando pasamos frente al dormitorio principal pudimos oír a su marido roncando. Debió de intuir lo que estaba pensando y dijo― No te preocupes, dormirá hasta mediodía.
Entramos en la habitación de invitados. Empujé a Sheila sobre la cama y separé sus piernas. Aún llevaba el tanga diminuto y los zapatos con tacones de aguja. Me arrodillé y empecé a besar su pierna derecha. Aparté el tanga con la lengua y probé, por primera vez, los increíbles jugos que rezumaban de su coño pelado.
Lamí la raja de su coño antes de enterrar mi cara y mi lengua tan profundamente como pude para buscar y encontrar su clítoris que mordisqueé sólo un instante. Aparté la cara de su coño y empecé a besar y lamer su pierna izquierda. Cuando llegué a su tobillo, le quité el zapato y me metí el dedo gordo del pie en la boca. Mientras chupaba su dedo gordo y luego chupaba el resto de sus dedos moví mi mano por su pierna hasta su húmeda raja del amor y puse dos dedos dentro de ella y empecé a follarla con los dedos. Sheila gemía ruidosamente y me decía― ¡No pares! ¡No pares, joder! ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡me estoy corriendo!
Mientras estallaba en un orgasmo cataclísmico, de repente empezó a chorrear y a soltar un líquido acuoso y caliente de su coño que me roció. Yo había oído hablar del squirting pero nunca lo había experimentado. Sheila estaba disgustada y no paraba de decirme― Lo siento, lo siento. Esto no me había pasado nunca.
― Estás bien, relájate ―le dije y me levanté de un salto, vi las toallas que había en el baño de invitados, cogí una y la sequé a ella y luego a mí. Había un poco de líquido en la cama y en el suelo y lo limpié también.
Cuando terminé, cogí a Sheila en brazos y la besé. Estaba avergonzada, pero yo seguía excitado. Me incliné hacia ella y le chupé un pezón y luego el otro. Eran como canicas duras contra mi lengua. Lamí sus tetas como si fueran el caramelo más maravilloso que jamás hubiera probado y besé sus axilas. De repente decidí que la marcaría donde nadie pudiera ver, así que levanté su pecho izquierdo y chupé tan fuerte como pude. Rápidamente apareció una mancha del tamaño de una moneda de dos euros debajo de su pecho. Era de un color púrpura oscuro e intenso. Sheila no me detuvo, pero dijo― No más marcas en ningún otro lugar.
Me acosté encima de ella que agarró 18 centímetros de la polla más dura que jamás había tenido y la guio dentro de su húmedo y caliente coño. Se la metí de un solo empujón mientras la sentía apretarme con sus músculos vaginales. Quería quedarme allí para siempre, pero Sheila dijo― ¡Fóllame, por favor, fóllame el coño!
Se la saqué casi por completo, muy lentamente antes de volver a metérsela y mantuve el ritmo porque estaba volviendo loca a Sheila y sabía que no duraría mucho. El calor y la estrechez de su pasaje del amor era la sensación más intensa y erótica que jamás había sentido. Pronto aceleré el ritmo y estaba metiéndola y sacándola, de su apretado y húmedo coño, como un martillo neumático, mientras ella empezaba a gritar. Mis manos estaban en su culo redondo y perfecto mientras la atraía hacia mí con cada embestida, introduje un dedo en su culo y ambos nos corrimos en un orgasmo estremecedor. Me desplomé sobre ella mientras luchábamos por recuperar el aliento. Me preocupaba haber despertado a su marido, pero la casa estaba en silencio excepto por nuestra respiración acelerada.
Nunca llegamos a meternos en el jacuzzi...
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