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La Página de Bedri
Relatos prohibidos
Mi primer orgasmo del año
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Me llamó Belu, invitándome a caminar un tiempo corto en el parque lineal próximo a su casa.

― Debemos quemar las calorías que ingerimos anoche ―Dijo riéndose.

Aquí en Buenos Aires, el primer día del año se presentó nuboso, con humedad y temperaturas elevadas.

Vestido con musculosa rosa, un pantalón deportivo cortito y zapatillas fui a encontrarme con mi amiga. Ella vestía remerita blanca muy corta que se levantaba, por el volumen de sus senos. Abajo, Short de Jean desflecado y cavado, zapatillas blancas y una visera para sol.

Comenzamos a caminar con ritmo ágil e incrementando la velocidad de nuestros pasos entrando en calor muscular. Nos cruzábamos con hombres y mujeres, que también habían decidido quitar el exceso de calorías ingeridas. Nada interesante.

Nosotros hablábamos contando cómo pasamos la noche en familia.

― Estás divina ―le dije a Belu― Te envidio ese culo hermoso y las deliciosas piernas que tienes.

Ella me respondió― Me gustaría tener tu estatura, mis piernas son muy cortas.

― No te quejes, estás deliciosa y a punto para comerte toda ―le dije a mi amiga que sonrió.

Dos minutos más tarde nos cruzamos con un chico de buen porte, posiblemente deportista. Nos miró o posiblemente, miró únicamente a Belu. Continuamos nuestro andar y ella dijo― Rober, ese chico está rebueno.

Llegamos al final del parque lineal y volvimos sobre nuestros pasos. Ya estábamos transpirando mucho y quemando grasas, según Belu. Al cabo de unos cuantos minutos más, vimos a la distancia aproximarse al chico rebueno. Belu, disimuladamente se desató un cordón, luego acomodó los senos y continuamos acercándonos a él. Al momento de enfrentarnos, el apuesto joven dijo― Hola, tienes un cordón flojo, puedes lastimarte.

Belu se detuvo, se miró los pies diciendo― Gracias, sos un amor.

Y antes de que ella se inclinará, él se arrodilló para atárselos correctamente. Yo continúe caminando despacio. Luego, Belu volvió a mi lado mientras se reía.

― Rober, lleguemos a la entrada, y vamos a ducharnos en casa. Estamos muy mojados de transpiración ―Dijo.

Ya en su casa, ella se quitó la ropa dejándola en un canasto, para ingresar desnuda a la ducha.

― Rober, entra a bañarte conmigo y te cuento ―Dijo, no pudiendo ocultar su alegría.

― No tengo nada para cambiarme ―excusé.

― Te prestaré algo mío ―Agregó riéndose.

Nos mojamos uno al otro, refrescándonos, ella deslizó el jabón de baño por mi espalda y exclamó― ¡Rober, tienes un lindo culito! ―Y me acarició las nalgas

Sentí sana envidia porque el culo de Belu es una escultura de carne blanca y suave al tacto. Su rajita libre de pelos y unas tetas entre medianas y grandes que invitan morder, a cualquier hombre hetero lo volvería loco.

Apoyando sus manos en mis hombros y sus tetas en mi pecho comenzó a contarme― El flaco me ató el cordón de la zapatilla. Me tocó la pantorrilla, detrás de la rodilla, y dijo que tengo lindas piernas, me preguntó si soy de la zona y me invitó a encontrarnos hoy a la tarde. En una cafetería heladería que permanece con atención al público. Cuando deslizó su gran mano por mi pierna, creo que me he humedecido, más allá de la transpiración. Nos despedimos con un beso y quedamos en vernos. Sentí su piel ―Afirmó mientras brincaba de contenta y sus tetas subían y bajaban rozándome el pecho.

Vestido con un short y una camiseta de Belu regresé a casa. Claudio, aún permanecería por todo el día en casa de su mamá. Yo me quité la ropa de Belu y me acosté desnudo en la penumbra de la habitación. Me quedé dormido luego de una hora aproximadamente. Me despertó una llamada entrante a mi teléfono. Era Belu que deseaba contarme que Juan, así se llama el chico del parque; le preguntó si yo era su hermano.

Ella le respondió que soy como un hermano, y le habló mí sobre mi inclinación sexual.

Juan le comento que está alquilando un departamento en una calle a dos cuadras de la avenida Álvarez Jonte. Que lo comparte con un chico venezolano llegado hace apenas dos meses. Le dijo que Gregory, el venezolano, desea conocer gente para trabar amistad y no sentir el desarraigo, más en estas fechas.

― ¡Vamos Rober, acompáñame! Me inquieta encontrarme dos personas que no conozco. Quizás ligues algo.

No pude negarme al pedido de mi buena amiga y fui caminando con ella a encontrarnos con Juan y Gregory. Belu, estupenda como siempre irradiaba simpatía y sensualidad.

Los chicos nos recibieron con beso y mucha atención de Juan hacia ella. Gregory, un chico moreno de espaldas anchas, de menor estatura que su amigo y con una tonada muy particular. Comenzó hablándome sobre música y cantantes centroamericanos de los cuales ya conozco algunos. Habló de las playas caribeñas, de isla Margarita, de sus bailes.

Yo le pregunté si tenía novia aquí y me respondió negativamente con la cabeza.

Había comenzado a llover y Juan propuso ir a su casa a tomar café y escuchar música. Belu acepto y nos dirigimos a su departamento. Belu y Juan caminaban delante de nosotros y charlaban animadamente.

Gregory me dice que los dejemos entrar solos, que nos quedaríamos en la calle a fin de darles algo de privacidad.

Pero comenzó a llover más intenso y dije― Si lo prefieres, vamos a mi casa y escuchamos tus intérpretes preferidos en mi reproductor musical. Nos despedimos de Belu, Juan y nos volvimos.

Preparé café para los dos mientras sonaba un ritmo tropical. Luego miramos fotos de colas de chicas en mi celular. Allí estaban también las de Belu, Vicki y la mía. Todo sin mostrar rostros. Gregory exclamaba― ¡Están exquisitas! Aquí también hay bonitas mamasitas y buenas colas.

Él movía sus hombros al ritmo de un tema musical tropical que emitía su celular. Le pedí que hiciera pasos de baile cómo lo hacen en su apreciado país. Gregory disfrutaba y soñaba despierto.

― ¡Que movimiento sensual tiene ese ritmo! ― exclamé. Enseguida agregué― Enséñame a bailar eso, yo hago de chica ―Y me sonrió.

Gregory hizo de profesor y apoyando sus manos en mis caderas, me indicaba a menearlas como lo hacen allá. Tomamos café y continuamos con mi aprendizaje. Ambos disfrutábamos de aquel juego. El profesor de baile y su alumno. Todo el ritmo caribeño es altamente sensual y motivador sexual. Café de por medio y tanto ejercicio bailable nos acaloró en demasía.

― ¿Quieres parar? ―Dijo Gregory.

― No, está muy bueno. Me quito un poco de ropa y seguimos ―Dije.

En verdad mucho no tenía para quitarme. Pero lo hice quedando descalzo y con una tanga fucsia. Él se quitó las zapatillas y la remera.

Continuamos danzando unos minutos más.

― ¡Quítate el pantalón Gregory, ponte cómodo! ―Le indiqué.

Se quedó únicamente en calzoncillos y yo con mi tanguita. Bailábamos y rozábamos nuestros cuerpos y transpirábamos muchísimo.

― ¿Crees que estoy aprendiendo? ―Le pregunté, aprovechando a mirar su oculta herramienta que había humedecido el calzoncillo.

― ¿Te agrada bailar haciendo de chica? ―pregunto él.

― Me agrada hacer todo lo que hacen las chicas ―Respondí― Disfruto la compañía de un chico que me enseña a bailar y a mover sensualmente mis caderas.

Él sonrió y la protuberancia marcada en su prenda íntima seguía creciendo.

― Gregory estás muy acalorado ¿Quieres darte una ducha? ―propuse.

― Si, acepto. Así me refresco un poco ―Dijo.

Pasó al baño solo mientras yo seguía haciendo flexiones de piernas en el piso. Cuando oí caer el agua sobre su cuerpo, me apoye en la puerta arrimada y pregunté si podía entrar.

― ¡Estoy sofocado! ―Exclamé.

― ¡Entra! ―Respondió.

Ingresé al baño y dándole la espalda, me bajé el tanga y lo dejé caer al piso. Me volví hacia él.

Su oscuro pene era un grueso gancho carnal, aún semidormido. Simulando que no me llamaba la atención me ubique junto a él bajó la regadera. Deliberadamente, se lo tocaba con los glúteos.

Despreocupadamente le dije― ¡Que trozo Gregory! ¿Hace cuánto no lo usás?

Mirando al piso respondió― Desde que estoy en Buenos Aires.

― ¿Querés que te masturbe, así te descargas y sentís bien? ―Le pregunté.

― Una vez lo hice con mi primo, nos hicimos una masturbación cruzada ―Respondió.

― Yo no deseo que me masturbes ― Aclaré. Y continúe― Te la voy a mamar, es más rico, verás ―Él me miró en silencio y con descaro le dije― Soy la chica que enseñas a bailar y debo agradecértelo ¿Acaso no te agradaría?

Tomé su falo con una mano y poniéndome de rodillas lo introduje en la boca. Era un trozo cilíndrico de chocolate que apenas podía abarcar con mi abertura bucal estirada al máximo. Mientras, él me acariciaba la cabeza y suspiraba. La firmeza y dureza de su erección eran tremendas. El glande, grande con bordes prominentes en su base, brillaba en su tono rojizo muy oscuro.

Saqué la verga de la boca y lo miré a los ojos, a fin retrasar un poco la eminente eyaculación. Le acaricie las pelotas hinchadas de semen y me puse de pie. El buscó de darme un primer beso y le ofrecí mi boca entreabierta. Nos besamos.

Después giré ante él, meneando las caderas como me había enseñado en su clase de baile. Dos vueltas hice. Apoyó las manos en mi cintura y se sentó sobre la tapa del inodoro. Me atrajo hacia su cuerpo, insinuando a que me sentara sobre su verga.

Le pedí que me lo hiciera despacio mientras la inmensa cabeza, apoyada en mi culito intentaba abrirlo. No habíamos hecho juego previo de dilatación, ni tenía buena lubricación. Únicamente la dureza de su verga tiesa, logró meter la punta del glande. Lo ayude en el intento, moviendo un poquito el culo. Las gotas viscosas que brotaban por la punta de su pene hicieron de lubricante. Con la oscura cabeza de su grueso falo, intentando dilatar los anillos de mi ano, sentí estirado al límite mi puerta trasera.

El acomodó su cuerpo a fin de metérmela toda. Apoyando mis manos sobre sus muslos hice pequeños movimientos de subir y bajar. Al parecer le encantó sentir la presión de mi esfínter en su miembro.

Él respiraba pesadamente y sentía su aliento en mi cuello, y sus intentos de morder mis orejas. Llevé mis brazos por detrás de mi cabeza para tocarle la nuca. Me apoyaba en el piso con la punta de mis pies, controlando la penetración. Él, llevado por su incontrolable deseo, tomó mis piernas por debajo de las rodillas. Separándose mis pies del piso, quedé ensartado de un envión, literalmente hasta sus bolas.

La rigidez de su cuerpo y los espasmos de su pelvis me indicaron que estaba viniéndose dentro de mí. Me invadía una mezcla incomodidad y placer inicial que fue creciendo en placer cuando su miembro acariciaba mi próstata. Casi al mismo instante, me llegó una oleada de un gran orgasmo prostático.

Su verga comenzó a perder dureza y comenzaba a salirse de mí. Yo tenía el ano en llamas, deseoso de una segunda vuelta. Mi deseo fue complacido.

Luego de veinte minutos, aplique los labios sobre su miembro y bolas. Cuando estuvo crecido y duro su pene nuevamente, me retiré del baño moviendo las caderas. Regresé al dormitorio y me apliqué crema lubricante en el ano. Me dejé caer de boca sobre la cama y en voz alta llamé a Gregory que me había seguido y estaba parado en la puerta.

Cuando noté su presencia, moví el culo hacia ambos lados. Me propinó dos nalgadas e instintivamente recogí las piernas, ofreciéndole mi ano, deseoso de ser sometido.

Sin lo, ni decir nada, me tomó fuertemente por la cintura al tiempo que apoyaba la punta de su pene en mi hoyuelo. Comenzó a brindarme un mete y saca intenso en fuerza y velocidad. Hasta hacerme perder el control y por poco me desmayo. Creo que yo tendría los ojos en blanco y el ano como un oscuro pocillo de café. Sentía en mi miembro la sensación de estar eyaculando constantemente. No podía intentar cerrar el ano que no reaccionaba.

Cuando Gregory, gruñó y se puso rígido, descargó todo su semen por segunda vez en mi interior. Estiré las piernas y se dejó caer sobre mí. Así permanecimos un rato. Luego, nos lavamos y vestimos muy despacio. Aun teniendo la sensación de tener su falo taladrándome la cola

Rober.

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