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La Página de Bedri
Relatos prohibidos
Caro adopta a Max
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En alguna ocasión conversando con Bedri, le comenté algo que me sucedió, y que no suelo contar a nadie, pero como la conversación se me salió de control, terminé dándole indicios de aquella aventura, y a pedido suyo, se las voy a narrar

En realidad, fue una experiencia muy atrevida e inolvidable; no es una narrativa erótica, más bien, es simplemente, la descripción de una serie de eventos que fueron “in crescendo” de una manera vertiginosa, que me llevaron a tener esa fijación a ese determinado acto sexual, y que ahora se los voy a compartir, porque imagino que muchas mujeres han de haber pensado en algún momento, tener una aventura de ese tipo; pero espero, no se juzgue a las personas que de ello disfrutan.

La historia comienza con la llegada de un gran rottweiler a nuestra casa; un animalito de porte imponente con 110 libras de peso, casi tres años de existencia y de nombre Max.

Max, había pertenecido a una pareja de recién casados, pero según nuestro amigo quién nos lo obsequió, esta pareja, ya no lo podían tener bajo su cuidado, porque Max, no le permitía al esposo que se acercara a su mujer; de paso, supimos que se había escapado de la casa y se había perdido por cuatro meses, sobreviviendo en las calles. Cuando llegó a mi casa, lo primero que hicimos, fue llevarlo al veterinario, desparasitarlo, cortarle las uñas, y alimentarlo de manera correcta. El veterinario si me advirtió, que como ya era un perro joven, y sobreviviente callejero sin ningún rasguño de consideración, significaba que era un macho temperamental o macho Alfa, y que se acoplaría paulatinamente a nuestro estilo de vida, siempre y cuando sea bien cuidado, con un trato cariñoso, y una buena alimentación.

Al principio me daba mucho miedo su mirada y sus ladridos, pero no por ello, nosotros íbamos a cambiar nuestra forma de vivir; yo acostumbrada a andar desnuda dentro y fuera de mi casa, opté, por el temor que me inspiraba, acercarme a él vestida, o por lo menos con una batona de andar en casa, tanto para llevarle la comida, o, como para tratar de acariciarlo, porque se portaba muy huraño y gruñón. Un día que olvidé que él estaba afuera de mi dormitorio, salí desnuda, y vi que automáticamente su reacción fue la de acercarse a mí y olerme, momento en que aproveché para acariciarlo y hasta abrazarlo, portándose de la manera más cariñosa.

Con el pasar de los días, me di cuenta de que, la mejor forma de conquistarlo, y yo de sentirme segura, era andar desnuda frente a él; con esa actitud logré que confiara más en mí, se dejaba acariciar, jugábamos, y hasta nos bañábamos juntos cuando hacía mucho calor; luego llegó el momento de aceptarme que me le acercara estando vestida.

Pasaron los meses, y éramos una familia feliz, solo le permitía a mi esposo que se me acercara, cuando yo estaba con ropas; en cambio, estando desnuda, se ponía a mi lado y formaba una barrera entre mi esposo y yo; y si mi esposo se acercaba de manera sospechosa, le gruñía, pero nunca hizo el intento de morderlo.

Un día en que estaba disfrutando de la soledad en una espléndida mañana soleada, me salí al jardín en la parte trasera de mi casa, y me puse a recoger y arrancar las malas hierbas que crecen en el rededor de mis plantas ornamentales, y a disfrutar del sol radiante. Como de costumbre, estaba desnuda haciendo de jardinera y disfrutando de aquello.

 

La mañana transcurría sin ninguna novedad, regué las plantas, podé algunas de ellas, y seguí arrancando las malas hierbas bajo la atenta mirada de Max. De pronto, de un momento a otro, estando en cuclillas y de espaldas a él, siento que se me encarama sobre mi espalda, intentando copularme frenéticamente, haciéndome perder el equilibrio, y caer de bruces entre dos maceteros que impidieron levantarme de inmediato, dándole tiempo de lengüetear mis entrepiernas al quedar toda despaturrada tratando de incorporarme.

Lo reprendí mientras me limpiaba los rasguños que me hizo en la espalda y hombros; di por terminada mi jornada de jardinería mientras me dirigía al baño a tomar una ducha y curarme los raspones. Pero algo se despertó en mí, y no me dejaba concentrar, era el hecho de haber sentido esa lengua traviesa hurgando en mis genitales, que, aunque fue tan rápido el evento, la sensación de placer fue morbosamente única, agradable y duradera.

Este evento, sería el inicio de dos semanas de investigación a fondo sobre la zoofilia. Aprovechando que estaba de vacaciones, me pasé horas leyendo y participando en foros para tener claro el comportamiento de nosotras como mujeres ante este tipo de atracción sexual, y el de ellos, los perros, que lógicamente, solo actúan o reaccionan como simples machos ante la captación, en sus cerebros, del olor de nuestras feromonas que, como hembras, les despertamos el instinto animal de aparearse.

Analizando los acontecimientos de ese día, para encontrarle un justificativo al comportamiento de Max, caí en cuenta que muy temprano en la mañana, estando con mi esposo jugueteando y haciéndonos cariñitos, estaba muy excitada, hasta que una llamada del trabajo nos impidió continuar con nuestros escarceos; eso provocó que mis feromonas fueran captadas por Max, lo alterara de esa manera, y sucediera lo que sucedió.

Desde ese día me obsesioné; después del baño y luego de curarme los raspones, me encerré en mi estudio y me puse a investigar. No niego que ya había visto videos de ese tipo, y que ni modo, me habían llamado la atención y excitado también; pero ahora que sin querer sentí el cariñito tan rico de Max, no desaprovecharía la oportunidad de experimentar en la privacidad de mi casa de cosas nuevas y prohibidas.

Resulta que estas relaciones zoofílicas son muy comunes en la gran mayoría de los países latinoamericanos. En la semana que me pasé investigando, hice contacto con una doctora peruana partidaria de esas relaciones, la cual, daba explicaciones muy detalladas de los pasos que se debían seguir para iniciarse en el tema. Investigué el caso de un club colombiano y uno mexicano, donde por cierta cantidad de dinero, las mujeres podían asistir a eventos zoofílicos en completo anonimato, con la opción de participar bajo la tutela de mujeres y perros entrenados.

Recordé la visita que le hice un día a una amiga en el pent-house de su casa; me recibió recién salida del baño envuelta en una toallita pequeña que a duras penas le tapaba algo de sus grandes tetas y parte de las entrepiernas; en realidad, ella también tiene la costumbre de andar desnuda en casa, pero ese día salió así a sentarse conmigo en un banco de hierro forjado mientras se secaba y tomaba sol delante de su perro de raza bóxer; recuerdo que no le di mucha importancia cuando conversando conmigo, ella tenía abiertas la piernas y el perro sentado frente a ella, dejaba salir su “lápiz labial” (pene) en todo su esplendor, rojo intenso y justo de la forma de un lápiz labial como ella lo apodaba Cuando le pregunté si había algo entre ellos, me contestó con una sonrisa nerviosa― estás loca, esa cosota me haría gritar ―Pero no se me quitaba la idea de tenerla dentro de mí algún día. Así que la llamé y de frente le comenté lo mío, y quería recomendaciones porque estaba decidida a hacerlo; me las dio, y confirmé que ya se la había montado su bóxer.

Fueron días en que no podía dormir, y me iba al jardín desnuda tentando a mi perro, por ahí una lamidita, un sacudón eléctrico en mí, y daba por terminada la aventura; no quería que sucediera algo, que me dejara a medias, o que me descubrieran. La semana fue trascurriendo y cada día era un suplicio. Salía al jardín desnuda como de costumbre, pero tanto me excitaba ver a Max, que hasta mi caminar se transformaba en el caminar de una golfa callejera llamando la atención de algún hombre. Yo sabía que tenía su atención, puesto que, al verme desnuda y olerme muy perra, se le salía el pene de su piel, y eso me ponía cada vez más loca y lujuriosa. Me tenía a punto de entregarme a él. Cada vez que lo veía, me ponía cara de súplica, como que me pedía que fuera su hembra; yo lo miraba con ternura, y le decía― Espérame, me falta poco para decidirme a ser toda tuya.

La segunda semana estaba finalizando y tomé la decisión de aparearme con Max el viernes, porque ese día mi esposo se iría de viaje todo el fin de semana. Comencé con los preparativos desde el miércoles. Arreglé mi estudio, aspiré la alfombra, puse un rico ambientador y lo cerré. Esa noche tampoco pude dormir bien, pensando en el encuentro. Tenía que estar linda, así que cuando se fue mi esposo, me llevé a Max a que me lo pusieran hermoso, que le cortaran las uñas y que me lo bañaran; no lo quise hacer yo, porque se hubieran acelerado los acontecimientos debido al hambre sexual que ya nos teníamos los dos. Mientras le hacían eso a mi futuro marido, me fui al spa para que me hicieran una depilación completa con cera. La chica que me atendió, de plena confianza mía, me dijo sonriente― Doctora, la noto muy intranquila ―la miré y le sonreí diciéndole― Cuando una limpia la casa, es porque visitas espera ―y reímos las dos. Tanto era mi alboroto sexual, que en la noche no pude dormir, y aunque les parezca ridículo, me pasé pensando en qué babydoll debía ponerme; quería estar linda y seductora para Max. Estaba tan excitada, libidinosa y morbosa, que la palabra putísima me quedaba corta.

Cerca de las 4:30 h, pasaron por mi esposo, lo despedí, y casi que lo hago dormir en la calle para que se fuera más pronto. Me fui a mi estudio, revisé todo y regresé a mi habitación a ducharme y tratar de descansar, pero igual, no pude hacerlo, porque mi mente se estaba preparando para recibir las atenciones que me daría Max, y en lo que estaba por suceder; eso me tenía incontrolablemente excitada. Repasé paso a paso lo que debía tener en cuenta; arnés, medias para sus patitas, recordé que cuando el perro es autoritario o macho Alfa, es bueno ponerle bozal porque suelen morder la nuca, tal como sucede en la naturaleza para que las hembras se sometan y no se les escapen; evitar los movimientos bruscos, evitar que se sobresalte, etc.

Cerca de las siete de la mañana, mi cuerpo se derretía y retorcía de deseo. Me senté frente al tocador, el verme desnuda, y el solo hecho de juntar las piernas y sentir mi vulva humedecida por las abundantes secreciones que emanaban de mi vagina, hicieron que se me vinieran una serie de temblores y contracciones vaginales que avisaban que ya estaba lista para recibir la visita.

No podía retardar más el encuentro, me maquillé bonita como siempre, calcé mis sandalias de tacón y me puse un babydoll rojo transparente. Estaba linda para mi Max; me sentía como cuando una mujer se prepara para un encuentro sexual por primera vez con un nuevo amante y quiere hacer que se lleve el mejor recuerdo de ella.

Salí al jardín con un caminar cadencioso y muy sensual, lo llamé a mi estudio, y presuroso se acercó a quererme meter la lengua entre mis piernas. Tuve que retarlo, y ordenarle que se sentara; le puse y até su correa al escritorio, acomodé a un lado dos butacas al pie de mi librero, e hice espacio en la especie de salita interior que tengo para lectura, puse música y le comencé a bailar muy sensualmente. Estaba poseída, me veía en una escena erótica bailando y desnudándome para seducir y agradar al que iba a ser mi amo para que no fuera tan cruel conmigo. Él solo me veía como una hembra que se le pondría en cuatro, la montaría, y la castizaría para ver si la dejaba preñada,

Mientras bailaba sensualmente, le quité el collar y la correa, lo quería así sin nada, así como yo me le estaba entregando completamente desnuda. Me fui desnudando, y a la vez agachando hasta quedar arrodillada y en cuatro sobre la alfombra de la salita; su pene ya estaba fuera de su recubrimiento de piel, mientras su bulbo ya estaba hinchándose. Meneé las nalgas, y con un golpecito de mi mano en una de ellas, lo invité a que me montara. Corrió desesperado a lamer todas mis secreciones, tantas que sentía como se me chorreaban; su lengua áspera y traviesa trataba de entrar hasta el fondo de mi vagina, causando que mi cuerpo comenzara a convulsionar, haciéndome retorcer provocándome sacudones, y gemidos de placer. Luego me quiso montar, pero en su desesperación, no lo lograba; lo ayudé bajando el nivel de mis nalgas, abriéndolas junto con mis piernas, y tirándolas hacia atrás mientras las levantaba a la altura ideal para su acople, bajé mi cara a ras de la alfombra, y con esa pose, le facilité que su vientre se apoyara sobre mi espalda, y mis nalgas quedaran apegadas a su pene para que buscara entrar más fácilmente en mí.

Arremetía tan desesperado, que su pene parecía un puñal por la rigidez de su hueso peneano queriendo perforar mis nalgas, causándome algo de dolor en las zonas cercanas a mi ano por ser la piel muy sensible y delicada en esos sitios. En varias ocasiones lo encajó en él, se sentía muy rico, pero no estaba preparada para eso; felizmente, con movimientos esquivos se lo negaba. Lo quise ayudar tratando de cogerle el pene y encajarlo en mi canal vaginal, pero su reacción fue tan brusca que me hizo entrar en pánico, y recordar todas las precauciones que debí seguir al pie de la letra, y que no había hecho.

Mi Max era todo un macho que imponía su autoridad sobre cualquier otro macho, peor sobre las hembras, y yo ya era la suya. Lo estaba demostrando al no permitirme que me le moviera o lo ayudara; pues cuando lo quise ayudar, me gruñó de muy mala gana, y tuve que seguir aguantando sus arremetidas y pinchazos en mi ano y alrededores.

Estaba tan desesperado por copularme, que me estaba lastimando las caderas, piernas y espalda por no haberle puesto medias o polines en sus patas. Sus movimientos frenéticos, y arremetidas en blanco, lo hacían cansar, por lo que se apoyaba sobre mi espalda, y eran 110 libras de puros músculos que, a momentos arremetían, y en otros descansaban sobre mí sin dejarme levantar; sabía que me haría suya a las buenas o a las malas. En uno de esos momentos, justo cuando nuevamente comenzaba a arremeter, intenté cogerlo y acomodarlo, pero esta vez, me hizo sentir su autoridad y poder dominante sobre mí; me gruñó muy fuerte, y me embocó la nuca, como diciéndome que no me moviera o me mordería, ahora sí en serio. Entré en pánico nuevamente, no sabía cómo parar, por lo menos para descansar un rato y volver a pensar el tema, así que me volví a resignar y esperar que en una le atinara al orificio verdadero, y pudiera darme el gusto de decir que yo ya era su hembra.

Después de haber descansado un rato, volvió a arremeter frenéticamente, hasta que, en uno de sus ataques, lo encajó de tal manera, que lo sentí como un puñal penetrando mis entrañas, y sabiendo que ya lo tenía encajado, comenzó a arremeter en seguidilla, y con mucha más fuerza para lograr meterlo todo; era una máquina perforadora de fuerza descomunal.

Estaba sometida por mi rottweiler, estaba entregada a placeres que nunca me había imaginado sentir. En esa pose, imposible de negarle la entrada a tan rico pene, duro como el acero, caliente y rojo como el fuego. Con los ojos cerrados, respingando y abriendo de par en par mis nalgas, sentía como su daga caliente golpeaba el fondo de mis entrañas, ahora acompañada de un bulto que Max, con embestidas más violentas, luchaba por metérmelo también. Cuando lo logró, me arrancó un gran grito de dolor.

Se suponía que, al sentir el nudo, yo le impediría la entrada poniéndole la mano como barrera, pero fueron tan rápidas y enérgicas las arremetidas, que yo, concentrada, las estaba disfrutando, cuando de improviso y sin darme tiempo a reaccionar, ese bulto muy grueso resbaló dentro de mí causándome mucho dolor. Pero lo mejor vendría después, este macho sabía lo que hacía, me agarró tan fuerte de mis caderas que ni con una palanca me lo hubiera podido sacar de encima. Sentí de inmediato, que su nudo se hinchaba a una velocidad vertiginosa y estaba alcanzando un volumen descomunal, tan grande, que sentí como se me desgarraban algunas fibras musculares por el ardor que me producía. Grité, lloré, pataleé, y hasta en un momento me arrepentí de lo que estaba haciendo, pero ya era tarde, ya no me lo podía sacar; intentar hacerlo, nos hubiera causado desgarros y dolor a ambos, y no estaba dispuesta a causarle ningún daño a mi perrito, solo quedaba tratar de jalarlo más hacia mi trasero tomándolo de sus patas y tratar de que me lo metiera más para evitar más dolor y desgarros.

Estuve en trance concentrada en sentir y disfrutar de aquella llenura palpitante que tenía dentro de mí y desconectada del dolor causado por la incomodidad de mis brazos y piernas que estaban temblando de cansancio, cuando de repente, el terror se volvió a apoderar de mí; Max se quería desmontar, y su nudo me pegaba tirones queriendo salir. Una de sus patas la pasó por encima de mis nalgas, mientras yo no le soltaba la otra, logrando que no se desabotonara, quedando anudados culos con culo, y de espaldas el uno con la otra.

Después de tantos sobresaltos, estaba disfrutando de las bombeadas del semen de Max dentro de mí. Su pene, muy grande junto con su bulbo hinchado del porte de un puño, ocupando todo el interior de mi vagina, hacía que el semen abundante se me saliera a chisguetes por entre su bulbo atorado como tapón, y mis labios vaginales. De pronto, otro recordatorio de mi novatada; sonó el teléfono del intercomunicador con la garita, sin duda, para alguna consulta, o alguien estaba por entrar; Max se alteró, se puso a ladrar, y a querer salir del estudio jalándome hacia la puerta, mientras, literalmente me arrastraba con una fuerza descomunal pegada a él. Yo por evitar el dolor que me causaba, retrocedía con mi culo pegado al suyo, ensartada y anudada, pero felizmente, eso también le causaba dolor y desistió, cuando dejó de sonar el timbre.

Al fin hubo calma; apoyados mis brazos y cara sobre la alfombra, con mi culo levantado al nivel del de Max, su pene ensartado en mi vagina, y a pesar del dolor y lo incómodo de la posición, permanecí extasiada sintiendo y disfrutando mi apareamiento.

Pasaron exactamente treinta y cinco minutos, cuando el nudo de Max se desabotonó de mi vagina haciendo un ¡Plop! y dejando chorrear un montón de semen lechoso y aguachento entre mis piernas rumbo a la alfombra

Ese día perdí mi virginidad con mi gran Max; esa experiencia me costó sudor y lágrimas, pero la disfruté como nunca me lo había imaginado; cuando Max terminó conmigo, me quedé tendida boca abajo en la alfombra; primero, disfrutando de las atenciones que Max me seguía prodigando, lamiéndome y acicalándome; y segundo, recordando y volviendo a vivir cada momento de ese encuentro hasta que me quedé dormida. Cuando desperté, habían pasado dos horas, y aún me sentía molida, Max se había quedado dormido entre mis piernas despaturradas de par en par; me quise levantar, pero las piernas me temblaban, tuve que salir casi a gatas hasta poderme levantar apoyándome en unas sillas del jardín; cogí la manguera, y así sentada me comencé a lavar para luego irme a tomar un gran baño de agua caliente y espuma.

Fue increíble la excitación y satisfacción que sentí, al fin me había apareado con mi Max. Hablando en término de animales, porque eso es lo que fui en ese momento, simplemente una perra. ¿Valió la pena haber pasado las noches investigando sobre el tema, y sentir cada día como se me incrementaba el morbo, la excitación y el llamado del sexo a esas relaciones con lo desconocido y lo prohibido sin importar el riesgo hasta de sobrepasar los límites del dolor? ¡Sí, para mí sí valió la pena!, y como lo disfruté tanto, y tenía el fin de semana para nosotros solos, estaba dispuesta a seguir apareándome hasta que Max tirara la toalla.

Tanta era mi lujuria, que hasta disfruté ese dolor intenso, que me provocó el tamaño de su pene, que en promedio son, 17 cm de pene, más unos 7 cm de diámetro del bulbo, sumando 24 cm de pene arremetiendo con fuerza hasta quedarse clavado y atorado dentro de la vagina. Para que tengan una idea, el nudo o bulbo, es más o menos del porte, o más grande que una pelota de tenis, dependiendo de la raza y porte del perro, solo que es como una piedra cuando está completamente hinchado.

No sé, si por haber sido la primera vez, o simplemente por la novatada, el sexo que tuve con Max me dejó tan extenuada, que juraría que me sentía como si me hubieran violado unos diez hombres de corrido. Descansé casi toda la tarde, pero no dejaba de pensar en mi nuevo amante. Estaba como esas mujeres con amante nuevo, y que solo quieren que se las pasen copulando todo el día; pero en este caso, tenía que dejarlo descansar para que se repusiera, pues yo siempre he sido muy exigente con mis amantes, y de éste, aún no había probado todas sus habilidades.

A pesar de que le tenía miedo, quería seguir tentándolo y en algún momento doblegarlo para que supiera que yo era su dueña; pero por el momento, le seguiría siendo su hembra fiel, sumisa y obediente para que no se enojara y me gruñera.

En la noche, lo alimenté bien dándole un buen filete de carne, y le permití que durmiera en mi habitación al lado de mi cama, y ni modo, tampoco pude dormir bien, todavía sentía un dolor muy tenue en la vagina, que me recordaba el revolcón que me produjo el quedarme anudada con él.

El sábado amaneció radiante, y yo más aún; me propuse enseñarle a mi nuevo macho a obedecerme y respetarme si es que me quería como su única hembra. Salí al patio, lo llamé, y al verme desnuda se me acercó intentando oler mis entrepiernas, lo cual le rechacé con un― NO ―terminante, retirándose de inmediato. Luego entré a mi estudio a lavar, aspirar y perfumar la alfombra y el ambiente que olía a una mezcla de semen y orina, tampoco hubo ninguna señal de desobediencia a mis órdenes.

Cuando hube terminado la limpieza del estudio, llevé la aspiradora a una bodega o especie de alacena pequeña que tenemos cerca de la lavandería, no tendrá más de 1,20 de ancho por unos 2,50 m de fondo, y que con la estantería colocada a todo lo largo, se reduce su ancho significativamente, volviendo incómodo el entrar y salir con objetos grandes. Entré empujando la aspiradora que es grande y pesada, pero con el tubo que mide cerca de un metro más la manguera, tropecé un juego de ajedrez de madera que mi esposo había guardado tiempo atrás en la parte superior de la estantería, cayendo por delante de la aspiradora y desparramando todas las piezas en el piso, y como no estaba dispuesta a volver a sacar ese aparato, agachándome y haciendo maromas por encima de la aspiradora, me puse a recoger las piezas que buenamente alcanzaba.

Como la recogida la tenía que hacer agachada, y por mi posición, detrás del aparato, mi trasero quedaba expuesto hacia la entrada de la bodega. De repente, me di cuenta de que Max estaba detrás de mí, cuando sentí sus lengüetazos en mi vulva y nalgas. Una descarga eléctrica, y una explosión de placer intenso me dejó paralizada. Mi cuerpo me traicionó tratando de abrir más las piernas y mis nalgas, echándolas para atrás, buscando que aquella lengua penetrara mucho más profundo. Traté de parar el tema dándole una orden terminante, pero los “NO” que salían de mi garganta, más parecían gemidos de placer, o, un “no, no pares mi amor”. Mis piernas, ya cansadas de por sí, por estar en esa pose, parada y agachada por encima de la aspiradora, se me comenzaron a doblar ahora que estaban temblando de placer y cansancio.

Felizmente, Max hasta ese momento solo se deleitaba lamiendo y hurgando; yo por mi parte, emborrachada de placer disfrutando el momento, no sabía qué decisión tomar; paraba o continuaba, pero, en esa pose mi cuerpo ya no aguantaba más. Solté las piezas de ajedrez en el suelo, y apoyada sobre la aspiradora, retrocedí poco a poco sin perturbar el trabajo de mi macho.

Mi mente poseída por los demonios del sexo, me pintaban un mundo extremadamente erótico, excitante y morboso, iba a ser poseída nuevamente por mi macho Alfa que me tenía acorralada sin opción a huir; me sometería a sus antojos sexuales y animales. Max supo esperar el momento para demostrarme su inteligencia, autoridad y, sobre todo, dejarme en claro, que él, era el dueño de mi cuerpo. Como siempre he dicho y he hecho, en esos momentos de plena excitación, ya no hay vuelta atrás, estaba decidida a todo, y asumiría las consecuencias.

Cuando retrocedí lo suficiente, apoyé manos y codos sobre el piso y lentamente acomodé mi cara sobre ellas, apoyé mis rodillas sobre unas franelas, y las abrí lo más que pude hacia los lados, para que Max entrara entre ellas, al tiempo que levanté mis nalgas para que quedaran a la altura de su pene.

No terminaba de acomodarme, cuando Max, me montó y comenzó a querer penetrarme desaforadamente. De la experiencia adquirida, esos intentos de penetración desenfrenados los cansan mucho, y a nosotras, esos pinchazos por todos lados nos causan mucho dolor, en especial, en la comisura de la unión de las dos nalgas por ser la piel muy delicada como ya lo dije antes.

Y tal como sucedió el día anterior, después de un ligero descanso sobre mi cuerpo, Max comenzó nuevamente a arremeter; esta vez con mucha más fuerza de empuje, ayudado por el piso, que en ese sitio tiene un caucho antideslizante. Como mi cabeza estaba casi golpeando contra la aspiradora, mis movimientos para todos los lados estaban muy limitados, pues justamente, desde donde estaba mi trasero hacia el fondo, ese sitio se convertía como en un embudo, por las cosas que ahí estaban guardadas,

Esperando que Max llegara a encajar nuevamente su pene en mi vagina, me dediqué a disfrutar de sus arremetidas, y de la escena morbosa que me imaginaba estaba dando, haciendo que me excitara más y más, esperando el momento culminante del acoplamiento entre nosotros.

Cuando estaba con los ojos cerrados, con una sonrisa de satisfacción, babeando e inmersa en esos pensamientos libidinosos y obscenos, que me tenían disfrutando de vez en cuando las pequeñas penetraciones poco profundas del pene de Max queriendo entrar en mi ano, las que con movimientos de mi trasero las hacía fallar, fui sacada de mi letargo y sorprendida con una mucho más profunda que no pude controlar con mis nalgas. Las arremetidas de Max, ahora que ya lo había logrado encajar, eran tan fuertes y profundas y me estaban causando mucho dolor al quererme meter el nudo que ya estaba, sin duda, hinchándose muy rápidamente. Traté de desmontarlo a la fuerza, pero me era imposible agarrarlo, y cuando traté de pararme, en esa bodeguita retumbó un tremendo gruñido, al tiempo que sentí dos golpes en la nuca amortiguados por mis cabellos; era su boca queriendo agarrarme de la nuca de forma un tanto violenta, pero sin lastimarme.

Después del gruñido y susto, vino un grito desgarrador salido de mi garganta, este nuevo marido estaba dejando en claro quién era el que mandaba, me hizo una arremetida tan fuerte y profunda, que me metió de golpe su tremendo nudo, lo que me hizo gritar y llorar de dolor. Felizmente mi ano estaba muy bien lubricado, de lo contrario, me lo hubiera desgarrado; y aunque su verdadero tamaño, lo tendría que alcanzar estando dentro de mí; tuve que agarrarlo de las patas traseras y jalarlo, era urgente el que lo hiciera pronto, puesto que no había entrado todo, y el hinchamiento es inmediato cuando el siente que ya ha metido su pene. El dolor fue terrible cuando sentí que aquella cosa dura como una piedra y del porte de un puño, crecía violentamente sin haber penetrado totalmente mi esfínter anal, a punto de desgarrarlo.

En el día anterior, yo diría que me entregué a mi perro; pero este día, yo diría que fui violada por él, y de la forma más salvaje; le hablé, y no me escuchó; me quise defender, y me amenazó; lloré, golpeé, grité, y ni se inmutó. Y ahí estaba yo, sometida nuevamente y apareándome con mi rottweiler abusador; y de paso, por el sitio que ni me lo esperaba en ese momento.

Ya bien anudada, sudando a chorros tratando de que aquel perro salvaje no se moviera y apretando mi esfínter para no darle chance a que intentara sacarlo a la fuerza, intenté hacerlo retroceder para estar un poco más cómoda. El peso de él estaba todo sobre mí, tal es así, que sus patas traseras estaban en el aire; debía tenerlo así para que todo su peso quedara empujando el pene dentro de mí, como punto de enganche y anudamiento; caso contrario, se saldría con las consecuencias ya descritas.

A pesar de que ambos estábamos muy cansados, aguantamos unos 25 minutos anudados, tiempo en que dejó de bombear su esperma, y su nudo desapareció, procediendo a descolgarse de mí. Hay que tener muy en cuenta algo, estas relaciones son antinatura, amén de la religión o creencias de las personas, cada quién puede hacer con su cuerpo lo que desee; en mi caso, a pesar del dolor causado por la inexperiencia inicial en el apareamiento vaginal, que fue algo doloroso al inicio, y si una se deja llevar por el erotismo, el morbo, la excitación y la lujuria, una termina disfrutando con mucho placer el anudamiento. En mi segundo encuentro, a pesar de haber estado dispuesta a todo, y sin negar que a futuro lo hubiera hecho por la vía anal, no me imaginé, que ese día, sería el que me violaran dicha vía, y peor, de esa forma tan violenta. Fue muy dolorosa la penetración del nudo, y más aún, su proceso de hinchamiento sin haber pasado completamente el esfínter o músculo anal; pero, en resumidas cuentas, si se está dispuesta a todo, hay que tener pensado planes B y C como soluciones a los imprevistos que se puedan presentar; así mismo, cuando se está dispuesta a todo, con hombres o animales, hay que tener la precaución de hacerse los lavados de colon, y después del acto por esa vía, tener la precaución de lavarles muy bien el pene de sus machos de cuatro patitas; y el de dos, que se los laven solos.

Luego de ese debut que tuve con Max; de haber pasado por sus armas en ambos frentes de guerra en los que me atacó, y haber salido airosa de ambos ataques, logré la reconciliación; tuve otro encuentro más un tanto tórrido también, y luego unos cuantos más, sin ningún conflicto.

Este fue el inicio de mis amoríos con mi Max

Saludos, Caro.

 

 

Caro y el sexo

Caro es una mujer dedicada a su esposo y a su hogar, cuando él está en casa. Es una reconocida profesional con un cargo importante donde trabaja y con una gran responsabilidad en su trabajo donde goza de gran confianza. Pero también  es una  mujer libidinosa, llena de morbo, un tanto exhibicionista, soñadora, que gusta mucho de bailar, y yo diría que hasta ninfómana. Su marido sospecha que tiene aventuras, como ella también sospecha que él las tiene, pero se respetan y tienen una premisa, que todo lo que hagan, lo hagan bien y siempre lo terminen.

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