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La Página de Bedri
Relatos prohibidos
Doble para Samanta
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Mi nombre es Samanta, Sami para abreviar, tengo veintiocho años de edad, mido ciento setenta centímetros de alto, tengo melena de cabello castaño: también tengo novio desde hace años y se llama Luís.

Después de acabar los estudios en la universidad, me fui a vivir con mi novio a su casa de las afueras. Una tarde mientras estaba en el centro de la ciudad haciendo algunas compras, me encontré con Sofía, una vieja amiga mía de los tiempos de la universidad. Al acabar, había regresado a su ciudad para ponerse a trabajar y no la había visto desde hacía varios años, de hecho no sabía que había vuelto hasta que me encontré con ella. Intercambiamos los números de teléfono y acordamos encontrarnos de nuevo al final de la semana, el viernes a la noche, y salir a tomar una copa, como en los viejos tiempos y ponernos al día en nuestras cosas.

Sofía es de mi edad, es muy delgada, solo un poco más baja, más morena de piel de alto y con el pelo negro largo.

Cuando regresé a casa le conté a Luís que me había encontrado con Sofía y que habíamos acordado salir el próximo viernes. Luís dijo que le parecía que era una buena idea, y que me vendría bien salir y ponerme al día con Sofía; porqué además, el tenía que trabajar ese fin de semana.

Llamé a Sofía y le confirmé nuestra reunión, y le dije que podía quedarse en nuestra casa ya que Luís estaría fuera el fin de semana.

Sofía dijo que como ella vivía más cerca del centro de la ciudad, así que me era mejor que me quedara a pasar el fin de semana en su casa.

Me encontré en Sofía en un café del centro, estaba sentada en una mesa de la esquina, y en cuanto me vio me llamó y me acerqué. Sofía se puso de pie y me abrazó cariñosamente. Antes, normalmente usaba tejanos y camisetas, pero esta noche llevaba una falda negra corta que llegaba hasta la mitad del muslo, calzaba botas negras largas y un sostén negro que se notaba a través de la blusa negra de la parte superior.

Yo no llevaba puesto nada especial, sólo tejanos, una camiseta y zapatillas deportivas. Tomamos una copa cuando Sofía propuso que antes de ir de fiesta, deberíamos ir a su apartamento y dejar la bolsa con mis cosas para no cargar con ellas toda la noche. Salimos y fuimos a su casa, que estaba a escasos cinco minutos a pie.

El apartamento de Sofía era muy simple, con un dormitorio separado, cocina, baño y una sala de estar. Nos acomodamos en el sofá con una copa de vino y Sofía me contó todo lo que había hecho desde la última vez que nos vimos. De una manera curiosamente extraña me dio envidia, era totalmente libre y podía hacer lo que quisiera. Yo ya llevaba casi seis años con Luís y ya había empezado a pensar en lo aburrida y rutinaria que era mi vida.

Después de media hora de charla y bebida, le dije que era mejor que nos fuéramos o que sería demasiado tarde para ir a cualquier sitio. Sofía estuvo de acuerdo y dijo —s mejor que te cambies de ropa.

— ¿Qué me cambie? ¡Vaya! ¿Qué tiene de malo mi ropa?

— ¡Oh! nada en realidad, pero necesitas algo de sofisticación.

Dijo eso mientras entraba al dormitorio de donde regresó con un par de perchas con algunas de sus propias prendas.

—Pruébatelo, y si te quedan bien te lo llevas puesto, somos casi del mismo tamaño —me dijo mientras me tendía las prendas.

Me las puse y me sentí bien, debo admitir que especialmente después del comentario de Sofía acerca de verme cinco años más joven. Vestía una falda corta negra, medias blancas, un par de zapatos de tacones de aguja negros y una camisola blanca. Incluso me prestó uno de sus sujetadores; un sujetador de encaje blanco muy revelador, que dejaba poco a la imaginación. Sofía y yo somos más o menos del mismo tamaño de pecho, excepto que soy un poco “más grande”. Por eso el sujetador empujaba mis tetas juntándolas y formando un bonito escote entre ellas.

Sofía me analizó y sonriendo dijo— te ves increíblemente atractiva chica.

Le devolví la sonrisa y el piropo, y porque tenía toda la razón, me notaba increíble. Juntas nos veíamos impresionantes, algo que no está mal para un par de chicas que se acercaban a la treintena.

Salimos a calle y nos fuimos de bar en bar, yendo de un lugar a otro, lo mismo solíamos hacer en nuestros tiempos de estudiantes en la universidad. No importaba a qué bar entráramos, que siempre había hombres tratando de entablar conversación con nosotras. Muchos nos invitaban a copas y pronto empezamos a notar los efectos de la bebida. No lo había pasado tan bien en demasiados años. Ya avanzada la noche decidimos ir a un bar recientemente abierto.

Al poco de entrar y pedir algo para beber, Sofía comenzó a coquetear con dos hombres negros, uno de ellos tendría unos veinte años y el otro era mucho mayor, ya en la cuarentena. Después de una media hora de charla, el mayor estaba de pie junto a mí con su brazo alrededor de mi cintura, como si me estuviera reclamando para sí; mientras su amigo estaba ocupado intentando suerte con Sofía.

Todo parecía ser una diversión un juego inofensivo, cuando de repente Sofía se levantó y me dijo— Vamos todos a mi casa, guiñándome el ojo.

Acepté porque nunca se me ocurrió imaginar que habría algo más que una copa, o dos. Tampoco tuve mucho tiempo para pensar nada porque Sofía vivía casi a la vuelta de la esquina.

Tan pronto entramos y nos acomodamos, Sofía sirvió unas bebidas y puso algo de música, luego se volvió y se abalanzó sobre el más joven besándolo con tanta pasión que parecía que se lo iba a tragar. Se levantaron comenzaron a bailar al ritmo de la música, y el chico levantó sus manos hacia los pechos de Sofía y comenzó a jugar con sus tetas, apretándolas y masajeándolas.

Yo me había quedado paralizada ante aquel descarado comportamiento. Entonces, el otro hombre regresó del baño y al verlos, simplemente sonrió y continuando hasta el sofá se sentó a mi lado.

Ninguno de los otros dos se daba cuenta de nada mientras seguían bailando delante de nosotros que los mirábamos. De repente, Sofía de repente se arrodilló y le bajó el cierre de los vaqueros al chico. Yo me quedé totalmente incrédula cuando le sacó la polla. Entonces ella abrió la boca, la tomó entre sus labios pintados de rojo intenso, con su mano comenzó a acariciarle los testículos y comenzó a chupársela al chico que la dejó hacer y gimiendo de placer le pidió que siguiera hasta el final.

Yo estaba desorientada, no reconocía a Sofía, no era la que recordaba, aquella chica parecía una puta y me preguntaba qué demonios estaba haciendo allí.

Inesperadamente, y sin previo aviso, sentí un par de brazos alrededor mío y a alguien besándome el cuello. Me di la vuelta para decirle que se detuviera, pero el otro hombre, el de más edad, selló mi boca con un beso en los labios. Su entró lengua en mi boca por entre mis labios desprevenidos y sus manos se posaron en mi trasero. Y allí estaba yo, en los brazos de un hombre negro que me comía a besos, mientras mi amiga se la chupaba a otro.

Las manos de Michel, que ese es el nombre del mayor de los dos hombres, levantaron mi falda y amasaban mi trasero todavía cubierto por mis bragas, mientras no paraba de besarme. Es verdad que nunca me habían besado más apasionadamente. Tal vez porque era negro o por la situación, pero lo que fuera es que realmente me gustaba y excitaba.

Sentí una mano salir de mi culo y empezar a subir por mi espalda, por debajo de la camisola, se deslizó por debajo de la ropa y expertamente desabrochó mi sostén, soltando mis tetas.

Michel nunca dijo nada, pero tampoco dejó de besarme, retrocedió un pequeño paso y me subió la camisola. Levanté los brazos y en cuestión de segundos estaba desnuda de cintura para de arriba. Michel se inclinó y empezó a chupar mis pezones ya duros erguidos. Me sentí muy excitada por aquellas lamidas mientras mi amiga, que estaba a sólo unos centímetros de distancia, estaba chupando una polla negra.

Michel no perdió nada de tiempo en llevarme hasta el sofá, y tirando suavemente de mi. Me hizo sentar y pronto sus hábiles y largos dedos entraron bajo mis bragas y empezó a acariciarme los labios vaginales, y a frotarme el clítoris y mis labios, haciéndome retorcer de gusto.

En un instante, me las arreglé para buscar con la mirada a Sofía, que ya estaba a cuatro patas con Andi arrodillado detrás de ella, todavía tenía los pantalones puestos, pero las bragas de ella estaban en un montón desordenado de ropa, en el suelo al lado de ellos.

Vi a Andi penetrar a Sofía, su cuerpo se puso tenso y dejó salir un gemido — ¡Oh joder sí! Más.

Nunca había visto a nadie follar antes, y fue excitante ver como Sofía se fue volviendo totalmente salvaje mientras gritaba a Andi que la follara más fuerte, pidiéndole que la follara con su polla negra.

Sofía nos miro y al dase cuenta de lo que Michel estaba haciendo y casi sin aliento le gritó— ¡Vete a la mierda tío! La pequeña putita lo que quiere es que le metas toda su polla dentro de ella.

El hombre reaccionó, me empujó hacia atrás sobre el sofá y se colocó entre mis piernas abiertas, apartó las bragas y metió su gran polla negra en mi mojado agujero que al entrar, me llevó a nuevas sensaciones. Mi coño no había estado tan lleno desde hacía demasiado tiempo. Inmediatamente comenzó a mover su cadera metiendo su pene cada vez más profundamente en mi coño expuesto.

Mientras tanto, Sofía nos observaba atentamente mientras Andi la follaba por detrás.

—Eso es, Michel, échale a esa putita un buen polvo —se arregló a decir entre jadeos.

El placer, el morbo y la excitación fueron demasiado y mi cuerpo tembló con un orgasmo asombroso mientras Michel me follaba. Mi orgasmo debe haber desencadenado el de Michel porque de repente gruñó y me llenó con su semilla.

¡Qué polvo más fantástico acababa de tener, por muy corta que fuera la duración!

Michel se separó y se puso a mi lado mientras yo permanecía sentada todavía con las piernas abiertas y con el coño lleno de semen mientras Sofía nos seguía atentamente. Casi inmediatamente Sofía llegó al orgasmo y con sus gritos debiera haber despertado a los vecinos. El chico le dio un sonoro cachete en las nalgas cuando el también acabó dentro de ella.

Yo hubiera debido de sentirme incómoda o abusada por lo que acababa de hacer, pero no fue así. Me sentí sexualmente satisfecha pero también como si aquello no hubiera sido suficiente.

Sofía, tenía una mirada muy perversa y me sonrió, se volvió hacia Andi que acababa de sacar su polla de dentro de ella y le dijo— Ahora vete a follarte a Samanta, putas como ella necesitan más de una polla.

No iba a quejarme ni a resistirme, era algo que deseaba.

Andi, con  un rápido y experto movimiento me quitó las bragas, me bajó del sofá al suelo, me dio la vuelta y me colocó para que estuviera a cuatro patas y sin ningún otro preámbulo me metió toda su polla desde detrás.

Miré a Sofía que estaba acariciando la polla de Michel y poniéndosela bien dura, cuando lo logró lo empujó hacia mí y me puso la polla en la boca.

— Creo que encanta que te follen dos buenas pollas negras —oí decir a Sofía.

Todo lo que pude responder fue un sonido sordo, como de— Mmmmmm —mientras le chupaba la polla a Michel y Andi me la metía por detrás.

—Les dije a estos dos bien dispuestos chicos que te encantaría, recuerdo que me dijiste que siempre fantaseabas con que te follaran dos pollas, ahora es una realidad y los dos te van a follar toda la noche —dijo Sofía antes de reírse.

Entre ellos me follaron hasta que me salió semen por la boca y el coño. Ahora sí que me sentía como una puta y me encantó. Es algo que recordaré por el resto de mi vida.

Samanta

Otro relato ...




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