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La Página de Bedri
Relatos prohibidos
Encargo a Silvia
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Los meses pasaban y le fui cogiendo el tranquillo a mi profesión. Empezaba a tener clientes habituales, unos semanales, otros mensuales, alguno que venía recomendado, y mi abanico de opciones era cada vez más amplio. El dinero entraba bien, me mude a un loft, en el ático de un céntrico edificio, de unos 160 m2, que una pareja vendió por suspender su boda unos meses antes de llevarla a cabo, por lo que estaba totalmente reformado y nuevo. Además, lo pillé por un buen precio. Alquilé un apartamento minúsculo para ejercer mi trabajo con los habituales, la mayoría casados, lejos de mi domicilio, aunque casi todo eran salidas a hoteles y apartamentos privados. Pude comprarme también un bonito Beetle Cabrio de ocasión, que Juan, un habitual y gerente de un concesionario, me dejó a muy buen precio, pagado en parte con “trabajo”, lo que a mí me venía muy bien, pues Juan, era de los que me podía follar sin cobrarle, porque era muy educado, y estaba muy bueno, a pesar de sus cuarenta y bastantes, por lo que no me suponía ningún esfuerzo pagarle, todo lo contrario.

Un martes de septiembre, recibí la llamada de Felipe. Era un “mensual” propietario de una empresa de exportación que venía todos los meses una semana a la ciudad, y me veía por lo menos un par de veces cada vez. Sus gustos se fueron definiendo según fue cogiendo confianza, y cada vez era más exigente en cuanto a vestimenta, juguetes, y parafernalia BDSM, aunque yo ponía los límites. Y jamás los sobrepasó, ni se acercó siquiera a ellos. Creo que era más el morbo de tenerme a su merced, inmóvil e indefensa, que hacerme daño, la verdad, aunque a mi esa indefensión y estar a su merced me excitaba sobremanera, pero no se lo dije nunca, no se fuera a pasar. Su llamada esta vez, en cambio fue distinta.

― Hola cielo, estoy de nuevo en la ciudad, quiero verte, pero tenemos que hablar primero, en persona, tomamos algo y te cuento.

― Hola Felipe, por supuesto ¿a las 8?

― Perfecto, nos vemos en el bar de mi hotel, estoy en el Rey Pelayo, te veo luego, un beso.

― De acuerdo, Chao amor.

Tenía un par de horas para arreglarme, así que me di una buena ducha, repasé mi depilación y me vestí, con un conjunto interior rosa, de encaje, con sujetador tipo balconet sin tirantes, y un tanga a juego de tiras muy finas, que terminaban en unas filas de piedras de cristal Swarosky, era muy bonito. Me puse un vestido azul, largo, con escote amplio y abertura que dejaba buena parte de mi pierna derecha al descubierto. Hacia calor aun, así que me puse unas medias de verano muy finas y los zapatos de tacón a juego con el bolso.

Llegué al hotel a las 20:05 y Felipe estaba en una mesa del bar al fondo. Muy elegante, con su traje oscuro, pero ya sin corbata. Tenía unos 58 años, y estaba en bastante buena forma, pues corría todos los días y jugaba al pádel al menos 2 veces por semana, según me había contado. En la cama no era ningún león, pero se esforzaba y no me costaba acabar corriéndome con él. Tenía una polla normal, de la media, y tenía aguante, aunque la pastillita azul, la usó en varias ocasiones, para cumplir, como solía decir entre risas.

Me acerque a su mesa y me recibió con dos besos en las mejillas.

― Estás preciosa, como siempre ―me dijo ― ¿Qué tomas?

― Tu también ―respondí  ―Un Rueda blanco frio, por favor  ―Pedí al camarero que ya se acercaba a la mesa.

Tras ponernos al día divagando unos minutos sobre cuestiones varias, Felipe fue al grano ― Te preguntaras que quiero ¿verdad?

― Si, me tienes un poco expectante.

― Veras, te lo diré sin tapujos, quiero que seduzcas a mi mujer y te la tires.

― ¿Cómo? ―Dije sorprendida.

― Estamos distanciados y me quiero divorciar, mis hijos son mayores y viven fuera, es ahora o nunca, pero amenaza con dejarme en la ruina, pues tengo mucho puesto a su nombre. Sé que tiene una amiga muy especial, pero aun poniéndole un detective, no he conseguido pillarla en nada. Le va el rollo sado, como a mí, pero a ella le da igual hombre o mujer y sé que fantasea con hacerlo en grupo, si no lo ha hecho ya. Quiero que la seduzcas y le prepares una fiesta que pueda grabar y tenerla en mis manos.

― Pero eso es una putada ―dije.

― Una putada es que me deje en la ruina cuando he dedicado mi vida a trabajar para conseguir lo que tengo. Cinco millones de pesetas por una noche, mas 100.000 pesetas por cada día que te lleve seducirla. Creo que te daría un desahogo para una buena temporada.

― ¿En cuánto calculas lo que tienes, lo que puedes perder? ―Le dije.

― Mucho, solo en propiedades a su nombre más de 100 millones.

― ¿Y solo me das 5 a mí? No es justo ¿No crees?

― Sabia que eras la persona indicada, pon el precio

― 15 millones y 250.000 por cada día.

― Hecho, pero tiene que ser en lo que queda de mes, y estamos a 18.

― No hay problema.

― Perfecto, lo organizo todo para que coincidáis y esta es la dirección de donde debe pasar todo, la casa está preparada con todo lo que necesitamos. Cuando pase, llámame y te hago la transferencia. Mañana recibirás la mitad por adelantado ¿te parece?

― Perfecto ―dije, tomé la dirección y la llave y me levanté. Me acerco otro sobre y dijo― Es una foto suya y sus rutinas más habituales.

― De acuerdo ―le di un beso y le dije― Mañana empiezo, te voy contando.

Cuando llegué a casa, abrí el sobre con todos los datos y varias fotos. Me sorprendí al verlas. Mar, que así se llamaba la mujer de Felipe, era muy guapa y bastante más joven que él. Le calcule unos 42, morena con unos profundos ojos verdes. En otra foto de cuerpo entero, se le apreciaba una bonita figura trabajada en horas de gimnasio. Las tetas parecían operadas, pues se intuían perfectamente moldeadas y en su sitio, algo nada habitual en una mujer con dos hijos, los cuales debía haber tenido muy joven. Su rutina era bastante monótona. Gimnasio, café con amigas, compras, casa, correr.

Me puse al día, memorizando los lugares frecuentes, saqué un billete a Madrid para el día siguiente y reservé un hotel cerca de los lugares frecuentados por Mar, que eran todos por la zona de plaza Colon.

Llegué al hotel bastante temprano, me acomodé y salí en busca de la cafetería en cuestión. Si se cumplían los horarios, le quedarían unos 20 minutos para estar allí. Y efectivamente, en una mesa cerca de la barra, estaba Mar, con una corta minifalda de cuero y una camiseta ajustada, que poco dejaba a la imaginación. Sin ser yo lesbiana ni bisexual, me pareció que estaba muy buena, no sería ningún problema acostarme con ella.

Me puse en la barra, muy cerca de su mesa. Llevaba unos leggins de correr y un top, muy ajustados, bajo un cortaviento rosa. El pelo recogido en una coleta que asomaba bajo una gorra Nike a juego con mi deportivo atuendo. Me quite el cortaviento, girada por completo a la mesa, dejando mi top a la vista, que marcaban mis pezones, duros, pues los había estado trabajando mientras iba hacia allí, con la intención de que se marcaran bien bajo la ropa. Hice contacto visual con Mar, que miraba descaradamente mis tetas. Le miré a los ojos y le hice una mueca de sonrisa, mientras me mordía sensualmente el labio inferior. El camarero me puso el café y el vaso de agua. Me giré para tomarlo, cuando sentí el roce de un brazo a mi lado.

― Cóbrame la mesa, Fran, y lo de nuestra deportista amiga ―dijo Mar, de pie a mi lado.

― ¡Oh, vaya! muchas gracias ―dije fingiendo estar un poco cortada.

― Nos gusta ser considerados con las visitas ―me dijo― Me llamo Mar ―y me ofreció la mano.

Me puse en pie diciendo― Yo Silvia ―y rechacé la mano para darle dos besos en las mejillas.

― Ya que me invitas ¿puedes acompañarme?

―Por supuesto, pero vente a nuestra mesa, mis amigas ya se van.

Nos dirigimos a la mesa. Me presento a sus 2 amigas, que ya se estaban levantando, se despidieron y nos sentamos. Mar pidió un té.

― ¿Y qué haces por aquí? ―Me dijo.

― Vengo unos días por trabajo ―respondí, lo cual, en cierta manera, era cierto― ¿Vives por aquí?

― Si, a unas calles.

Hablamos de cosas muy variadas y el tonteo cada vez era mayor, con roces y miradas cómplices. Extrañamente, me sentí muy a gusto con ella.

Pasó más de una hora, cuando miró el reloj y me dijo que se tenía que marchar, pero que le gustaría volver a verme. Me anotó su teléfono.

― Llámame por la tarde, por favor, si puedes ― me dijo.

Y la llamé, por supuesto.

Quedamos en una gastroteca que me recomendó. Tras varias copas de vino y unas tapas, la cosa se fue calentando y me preguntó dónde me quedaba. Le dije que, en un hotel, pero que si quería tenía la llave de una casa a unos kilómetros de allí. Decidimos ir a ella.

Casi no me dio tiempo a abrir la puerta y Mar ya estaba besándome y acariciando todo mi cuerpo con sus manos. Llegamos como pudimos al salón, y nos quitamos torpemente la ropa una a la otra. Mi mano se perdió bajo su tanga, estaba empapada. Tomé uno de sus pezones entre mis labios, y lo mordí suavemente. Mar se estremeció. Bajé lamiendo su definido vientre hasta su entrepierna. Le bajé el tanga y hundí mi cara en ella. Mi lengua se abrió paso entre sus labios hasta rozar el clítoris, comencé a lamerlo y succionarlo mientras mis dedos empezaban a entrar y salir de ella. La masturbé mientras le lamia el clítoris y ella se aferraba con todas sus fuerzas a mi pelo. Me quité lo que me quedaba de ropa y me tumbé en el suelo. En la postura del 69, ella, habilidosamente comenzó a meterme su lengua alternando con los dedos, y lamiendo mi clítoris, me llevó al cielo. Yo seguí haciendo lo mismo y tardamos muy poco en tener un orgasmo simultáneo. La acompañé a la habitación que Felipe había acondicionado. Era toda una mazmorra sado, con todo lo necesario para una buena sesión. Al encender las luces, las cámaras escondidas comenzaban a grabar.

― Me encanta esta sala ―dijo Mar.

― Ven ―le dije, guiándola a un potro.

Le acomodé el cuello y las muñecas en él y lo cerré. Cogí una bola con arnés para metérsela en la boca y una venda para los ojos. La tenía a mi merced. Antes de encender la luz, me puse una máscara de látex que cubría mi rostro por completo.

Hice una llamada a unos amigos con los que había hablado el día anterior. Mientras los esperaba, me dediqué a calentar a Mar, le di unos azotes probando varios látigos que había en la sala, le lubriqué el culo para meterle un dildo dilatador, y le metí un consolador de buen tamaño en su húmedo coño.

― Vas a disfrutar como una zorra ―le susurre al oído. En ese momento sonó el timbre de la puerta.

Recibí cubierta solo por la máscara a mis 5 amigos. En el salón se desnudaron por completo y los guie al cuarto donde estaba Mar, retorciéndose de placer con el consolador trabajando su entrepierna. Abundante saliva caía de su boca entre los labios y la bola.

Nos situamos los 6 delante de ella y le retiré la venda. Sus ojos se abrieron como platos al ver los 5 machos que la rodeaban. Me arrodillé entre ellos y fui alternando sus pollas en mi boca para ponerlos en forma. Damián, el portorriqueño, calzaba una tranca descomunal, unos 25 cm de carne joven y dura. Según iban estando empalmados se acercaban a Mar. El primero, sacó el consolador de su coño y lo sustituyó por su polla, otro le quitó la mordaza e hizo lo mismo. El que follaba su boca le provocaba fuertes arcadas pues se la metía hasta las bolas y cada vez que la sacaba una espesa baba le cubría el miembro. El que se la estaba follando empezaba a jugar con el plug anal, metiéndolo y sacándolo.

Yo ya tenía a los otros 3 listos para la acción. Se acercaron a ella y se fueron turnando para follarla por boca y coño. Mar, jadeaba y gritaba, dentro de la medida que la polla en su boca le permitió, completamente ida por la pasión y la lujuria.

Cuando Damián se puso detrás de ella, le aplicó bastante lubricante en el culo, mientras le metía los 25 centímetros en el coño de golpe y sin miramientos. Mientras la embestía, comenzó a meterle dedos en el culo, que los engullía fácilmente con el lubricante. Sacó la polla, que parecía aun mayor, brillante, enrojecida y venosa, puso una cantidad generosa de líquido en ella, y apuntó su glande al culo. Mar negaba con la cabeza e intento gritar, pero el “ruso” ahogó su gritó con su polla metida hasta la garganta. El enorme glande de Damián se fue perdiendo dentro de Mar, hasta enterrar todo su miembro dentro. Sin contemplaciones, comenzó a follarla sacándola entera y volviéndola a meter de golpe. Cada envite hacía que la del ruso tocara su garganta provocándole arcadas. Damián no tardó en correrse en tan apretado culo. Cuando la sacó, un hilo de semen enrojecido de sangre, brotó de dentro de Mar.

El ruso, ocupó su lugar, y uno tras otro, fueron descargando en su culo. En un momento dado, Mar, perdió el conocimiento, pero eso no impidió que los que quedaban acabaran de follarle el violentamente culo. Según fueron acabando, se fueron marchando. Abrí la puerta y Felipe, acompañado de un chaval bastante tatuado, entraron en el cuarto. Contempló callado el espectáculo grotesco que su mujer ofrecía, sujeta al potro, semi inconsciente, con restos de semen cayendo por su cara, pelo y manando de culo y coño, con restos de sangre.

― ¡Hazlo! ―dijo mirando al chaval

Este, sacó de un maletín una pistola de tatuar, y tras preparar la piel, en unos minutos tatuó en la parte baja de la espalda, justo sobre su culo la palabra «PUTA» en un considerable tamaño. Le hizo un video con el móvil, enfocando el enrojecido tatuaje, que coronaba el aun abierto y dilatado esfínter, del que manaba sin cesar lefa ensangrentada. Felipe grabó en dirección a su cara y le dijo― Si quieres que todo esto no vea la luz, firma el acuerdo.

Recogió las tarjetas de las cámaras y se fue. Yo solté a Mar del potro y la tumbé en el suelo, me vestí y me fui.

Al día siguiente tenía 16 millones más en mi cuenta. En un par de días, zanjé todos mis asuntos y me fui de aquella ciudad a un pequeño pueblo que había conocido en unas vacaciones en Pontevedra. Cambié número de teléfono, y compré una pequeña casa que se vendía con una finca de unos 800 metro cuadrados, plantada con viñas. Empecé una nueva vida, que tal vez, algún día, me anime a relatar, aunque sería bastante aburrida.

MARORI69.

Silvia

Es Silvia y esta es su historia.

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