De esto que os voy a relatar han pasado la tira de años y unos pocos más. Os estoy hablando de cuando en España para meter había que ir a putas, o casarse, claro que también había excepciones y esta fue una de ellas.
José el Cabrero, era un hombre que pasaba de los ochenta años, y como su mote indica, se dedicaba a criar cabras, para vender, porque para comer, la carne de cabra ya le había aburrido.
José vestía con pantalón de pana marrón en verano e invierno. En invierno acompañaba el pantalón con una chaqueta de pana y una camisa de felpa, y en verano, como es obvio, andaba sin chaqueta y con camisa de lino. El hombre no llegaba al metro cincuenta de estatura, era muy menudo, le faltaba la mano izquierda y era un gran conversador.
Julio era un joven aprendiz de herrero, moreno, medía un metro sesenta y ocho y ese día tenía un ojo morado. Se encontró con José al lado de una fuente entre acacias. José estaba liando un cigarrillo con tabaco de picadura, se sentó a su lado, el viejo le dio el cigarrillo sin mediar palabra y luego liando otro, le dijo:
―Y decías que tu prima te pidió que le comieras el coño, si no te lo llega a pedir...
― No hablé con ella.
― ¿Con quién hablaste?
― Con mi hermana.
― ¡¿Le has dicho a tu hermana que le querías comer el coño?!
José se sorprendió
― ¡Joder! ―le cayó de la mano la picadura y el papel― Eres más bruto que un arado.
― ¿Por qué?
El viejo comenzó a liar otro cigarrillo.
― Porque es tu hermana, y una hermana es casi imposible de follar, y con la tuya...
― ¿Qué le pasa a la mía?
Le miró para el ojo morado.
― Que tuvo que criarte, y que para ella eres como un hijo.
― En eso no había pensado.
José le pasó la lengua al papel, y con el cigarrillo hecho, sacó el chisquero, le dio fuego a Julio y luego encendió su cigarrillo.
― ¿Qué te preguntó después de darte la hostia?
― ¿Quién me había dicho como hacer esa cochinada y dónde me la había dicho?
― Y tú se lo has dicho.
― Claro.
― ¿Cuándo saliste de casa te preguntó a dónde ibas?
― Sí, pero la mandé a la mierda.
Sansón, el perro del viejo, un perro grande, cruce de razas sin determinar, ladró anunciando que venía alguien.
― Pues la mierda debe quedar por aquí porque ahí viene tu hermana a buscarla.
Julio miró para la cuesta que llevaba a las acacias y vio a su hermana. Traía puesto en vestido acampado de color rojo con lunares blancos y calzaba unos zapatos negros.
Renata era una joven morena, con buenas tetas, buen culo, y era un par de centímetros más baja que su hermano. Al llegar a las acacias fue junto a su hermano y a José y de pie frente a ellos, con cara de mala leche, le preguntó al viejo― ¿Es verdad que le dijo a mi hermano lo que le dijo?
El viejo se hizo el tonto― ¿Qué fue lo qué le dije?
― No me haga decirlo.
El viejo tenía más cara que espalda― ¡Ah, ya! ¿Pero te refieres a la boca, a los pies, a las tetas, al coño, o a las cuatro cosas?
― ¡Será sinvergüenza!
Fue a su lado y quiso darle una trompada. José le cogió la mano, tiró, y Renata quedó boca abajo sobre la hierba. El viejo se le echó encima, y le tapó la boca con su mano derecha. Julio le dijo― Suelte a mi hermana.
―Esta es tu oportunidad de que la folles. Yo te la agarro.
Julio no daba crédito a lo que estaba oyendo.
― Así sería forzarla. ¿Sabe lo que nos esperaría después?
― Si le gusta, te esperaría repetir, y le va a gustar.
― Yo no estoy tan seguro de eso.
Renata mascullaba no se sabe qué y pataleaba, al patalear el vestido se le subía y Julio veía sus bragas blancas. El viejo la puso boca arriba. Renata lo miró con cara de odio y quiso arañarlo, pero el viejo, que estaba sentado sobre ella y le seguía tapando la boca, se echó hacia atrás y no pudo ni rozarlo.
― Si tuviera veinte años menos te domaría y te haría correr dos o tres veces.
La muchacha, en un arrebato de furia, se quitó al viejo de encima, se puso ella encima de él y le quiso dar de hostias hasta en el carnet de identidad, pero el viejo se tapó la cara con el muñón y con la mano derecha y no le hizo el daño que le deseaba hacer. Al ponerse en pie le dijo a su hermano― Tienes suerte de no haberme tocado ―se mordió el labio inferior― que si lo hubieras hecho... ¡Te mordía la cabeza!
Luego se inclinó y bebió agua del caño de la fuente, que estaba hecho con una larga cáscara de acacia.
El viejo, mirándole para el culo, le dijo― Cinco mil pesetas si dejas que tu hermano te haga todo lo que yo le diga.
Renata se giró, lo volvió a mirar con cara de mala leche, y le preguntó:
― ¡¿Es que aún no le llegaron las que llevó?!
― Seis mil pesetas, y es mi última oferta.
Julio le dijo a su hermana― Seis mil pesetas no las vamos a ahorrar en toda la vida.
Lo miró con tan mala leche como había mirado al viejo― ¿Es que tú también las quieres llevar?
―Era solo una apreciación.
―No, lo que pasa es que tú me tienes ganas.
―Eso también es cierto, pero el dinero nos vendría de maravilla. Tú la semana pasada te quejabas de que no podías comprar un vestido nuevo para los domingos.
― ¿Y quieres que me meta puta por un vestido? ¡Ay que hostia está rifando!
El viejo siguió tentándola―Serías puta una hora, pero tendrías dinero durante mucho tiempo.
La cara de mala leche de Renata paso a ser de asesina mientras caminaba hacia el viejo―Mira quién tenía todas las papeletas para que le tocara la hostia.
El viejo reculando, le dijo― Para, para, has sido tú quien mencionó la palabra puta.
Renata se tranquilizó un poco―Vamos a dejar la cosa ahí. Ahora que ya sé lo que se cuece, me voy a ir, y tú te vienes conmigo, Julio, que no me extrañaría que acabase ofreciéndote dinero por mamártela.
El viejo se dio por ofendido― Un momento, fiera. Tu hermano fue quien me pidió por favor que le enseñara a comer un coño porque Conchi se lo andaba ofreciendo. Estás muy equivocada conmigo.
Renata le preguntó a su hermano― ¿Es eso cierto?
―Sí, pero le mentí, Conchi nunca me ofreció su coño.
Al cabrero no le gustó que lo hubiera engañado.
― ¿Por qué me mentiste?
― Porque si le digo que quería comerle el coño a mi hermana no me iba a decir cómo hacerlo.
― ¿Y por qué no? No hay polvo más morboso que el incestuoso.
Renata ya razonaba― No le dé por el palo, que ya él está confundido, y si le da por el palo, la cosa irá a peor.
Julio seguía en su misma posición― Ni estoy confundido, eres la única mujer que deseo.
― ¿A qué viene esa obsesión conmigo?
― A que te escucho hacer cosas y me vuelves loco.
― O sea, que me espías.
― No te espío, es que por la noche cualquier ruido se oye mucho mejor, y tu cama rechina...
― Ya, ya, ya, ya te has explicado bien.
El viejo, viendo que podía sacar tajada, insistió― Mi oferta sigue en pie.
Renata estaba deseando llegar a casa para probar su primera polla, pero le salía más a cuenta dejar que el viejo mirara mientras la probaba― ¿Usted solo miraría?
― No, también tocaría. Por eso te pago.
― Pero no metería
― ¿Qué voy a meter si no se me levanta?
― No sé, si viene alguien y me ve sería mi ruina.
― Sansón nos avisaría.
Renata se lanzó a lo desconocido― ¿Había dicho diez mil?
― Ni para ti, ni para mí, ocho mil.
Renata se sentó al lado de la fuente― Trato hecho. ¿Tengo que hacer algo?
― Sí, quítate los zapatos y lava los pies en el agua de la fuente.
Sacó los zapatos, metió los pies debajo del caño y pataleó.
― ¡Qué fría está!
Al quitar los pies de debajo del caño, el viejo, que se había quitado la camisa, se los secó con ella, le cogió el pie izquierdo por el calcañal y le dijo a Julio― Cógele el pie derecho como se lo he cogido yo y hazle lo que le voy a hacer.
El viejo pasó la cara por la planta del pie, luego la besó y después se lo lamió. A continuación lamió los lados y los tobillos, para continuar lamiendo y chupando el dedo gordo, después lamer y chupar los otros dedos... Al dejar de trabajarle los dedos, el viejo subió besando y lamiendo el interior de los muslos. Julio, que le había hecho en el otro pie lo mismo que José, subió besando y lamiendo el interior del otro muslo al mismo tiempo que el viejo. Al llegar a las bragas, el viejo las cogió por la goma y le dijo― Cógelas por el otro lado.
Las cogió y se las quitaron entre los dos.
― ¿Le hago lo que me dijo?
― No, primero bésala, sabrás besar. ¿No?
― Nunca di un beso, pero supongo que no tiene ninguna ciencia.
El viejo vio como Julio arrimaba los labios a los de su hermana y como le daba picos, más o menos fuertes.
― No tienes ni puta idea, y ella tampoco. Echa la lengua fuera, Renata. ―la muchacha la sacó― Ahora saca tú la tuya, Julio― la saco― frotar una contra la y luego chuparlas.
En nada besaban con lengua como si llevaran toda la vida haciéndolo. Los interrumpió para decirle a Renata― Quita el vestido.
Renata se sentó y les dijo― Quitármelo.
El viejo le bajó la cremallera y Julio le quitó el vestido después que Renata se volviera a echar sobre la hierba. Faltaba por quitar el sujetador, pero de eso ya se encargó ella.
Totalmente desnuda tenía un cuerpo escandalosamente sensual. Sus tetas eran copa D y no se caían hacía ningún lado, estaban allí, erectas, con sus gruesos pezones mirando a las ramas de las acacias. Su coño era tan peludo que había que hacer un mapa para encontrar el clítoris, y sus caderas eran anchas.
― Agarra sus tetas por debajo, y magreándolas, lame sus pezones y sus areolas.
― ¿Qué son areolas?
― Lo oscuro que hay alrededor de los pezones.
Julio lamió más que lamer babeo, encima de la teta y después chupó como si quisiera sacar leche, el viejo le dijo― Así no, apampado. ―miró para Renata― ¿Puedo mostrarle como se hace?
― Adelante.
El viejo le echó la mano derecha a la teta izquierda y acariciándola lamió el pezón, luego lamió el pezón y areola y después se la mamó con mimo.
― Así es como tienes que hacerlo, venga, cómeselas.
Renata le dijo al cabrero― ¿Y no sería mejor que siguiera usted con esa teta y mi hermano se encargase de la otra señor José?
― Si así lo quieres.
― Sí, así lo quiero.
Le trabajaron una teta cada uno, y al rato a respiración de Renata se empezó a acelerar.
― Déjame a mí las tetas y cómele el coño como te dije.
Renata, con las rodillas flexionadas, abrió las piernas de par en par para que su hermano le comiera el coño. Julio al abrir su coño con dos dedos se quedó pasmado con la cantidad de babas que allí había.
― Joder, parece que se te metió un caracol aquí dentro.
― No digas babosadas y ataca ―le dijo el viejo
Julio enterró su lengua en el coño, luego de sacarla se tragó las babas y le metió y sacó la lengua del coño cinco veces, después le lamió el clítoris despacito, otras cinco veces, metió y sacó la lengua de la vagina diez veces, y luego lamió el clítoris más aprisa. Renata comenzó a gemir. Julio recordó las palabras que le había dicho el viejo, "Cuando empiece a gemir, aprieta la lengua contra la pepitilla y acelera el ritmo de las lamidas, verás cómo se corre." Apretó la lengua contra el clítoris, aceleró el ritmo de las lamidas y Renata se corrió, sacudiéndose y deshaciéndose en gemidos. Al viejo se le puso la polla morcillona mirando como la cara de Renata se descomponía con el placer. Julio la tenía tan tiesa que le quería atravesar el calzoncillo y el pantalón.
Al acabar, le dio el viejo― Ahora te toca a ti mamársela a tu hermano, Renata
La muchacha no estaba por la labor― Eso no lo había dicho antes.
― No, pero es que no esperaba que tu hermano estuviera tan caliente, si te folla así, puede que pierda el control y quedes preñada.
― Si es por ese motivo, se la chupo.
Se arrodilló sobre la hierba delante de su hermano. Julio se bajó el pantalón, empuñó la polla empalmada y se la frotó en los labios. Renata abrió la boca y la polla entró en ella. Se la chupó, de aquella manera, pero ella chupó. Para Julio fue suficiente, ya que no tardó ni un par de minutos en llenarle la boca de leche.
Al acabar le dijo el viejo a Julio― Acaba de desvestirte que el primer contacto de dos cuerpos desnudos es algo que se recuerda toda la vida.
Renata le preguntó― ¿Y usted porque no se desnuda del todo?
― Yo solo voy a dar indicaciones y a mirar.
― Podría hacerse una paja mientras da indicaciones y mira.
― De cintura para abajo mi cuerpo no es muy agradable de ver, y de cintura para arriba ya ves lo que hay, pero la paja la voy a hacer, que me corra ya es otra cosa.
El viejo sacó la polla, que era gorda, pero no era muy larga.
― Tiene una polla bonita.
― Fue bonita en su tiempo. ¿Eres virgen?
― Ahí andamos
― Eso no me facilita las cosas.
― Digamos que estoy segura de que no me va a doler.
El viejo la cogió al vuelo― ¿Has llegado a los tres dedos?
― Ya le he dicho que no me va a doler.
― Sí, ya me lo has dicho, ponte a cuatro patas.
Renata se puso a cuatro patas, Julio vio su coño y la polla se le subió como si fuera un ascensor. Le dijo al viejo― No creo que necesite sus explicaciones.
― Sí que las necesitas, lame su culo.
Julio puso la cara que pone un estreñido cuando hace fuerza para evacuar― ¡¿Qué?!
― Que le comas el culo.
― Cómaselo usted.
― Eso podría hacerlo, pero no creo que me deje tu hermana.
Renata quería experimentar― ¿Da gusto, señor José?
― Sí.
― Si da gusto, coma.
El viejo, masturbándose, besó y lamió sus nalgas, lamió la raja del culo y luego le metió y le sacó la lengua del ojete, luego le lamió el coño y le preguntó― ¿Paro o sigo?
― Siga, siga, siga.
― ¿Y yo qué? ―protestó Julio
― Tu calla y aprende ― le respondió Renata.
El viejo sabía lo que hacía. Magreándole las tetas, le lamía el clítoris, le follaba el coño con la lengua, luego le lamía el periné y a continuación le metía y sacaba la lengua del ojete. Así estuvo hasta que la puso a punto de caramelo. Le frotó la polla en el coño, y le preguntó― ¿Sigo?
― Siga, siga, señor José, siga que si sigue me corro.
Se la frotó en el coño con celeridad y poco tardó Renata en decir― ¡Me corro, señor José, me corro!
Renata se corrió como una bendita. El viejo no se corrió, pero disfrutó como si se hubiera corrido.
Julio tenía un empalme brutal y Renata le había cogido el gusto a la cosa, por eso le dijo a su hermana― Échate boca arriba sobre la hierba.
El viejo, que no paraba de menear la polla, polla que en ningún momento había pasado de morcillona, le dijo a Renata― A ti ya no hay que darte instrucciones.
― No, yo ya he vivido este momento mil veces.
Renata se puso a horcajadas sobre su hermano, agarró la polla, la puso en la entrada del coño, colocó las manos sobre su pecho, bajó el culo y luego le dio leña a barrer, bajando y subiendo el culo. Cuando vio que su hermano se iba a correr, la sacó del coño, se la meneó con la mano derecha, y al acabar de correrse la volvió a meter.
Había vivido el momento, pero imaginar que se corría en aquella posición no era lo mismo en la realidad. Al final, el viejo tuvo que darle instrucciones.
― Si quieres correrte así, échate un poco hacia delante, aprieta tu pepitilla contra los pelos de su pelvis y fóllalo metiendo y sacando la mitad de su polla.
Mirando como el viejo se la pelaba, hizo lo que le había dicho. Aquello ya era otra cosa, así se podía correr cuando quisiera, por eso alargó el momento, pero llegó el instante en que no pudo aguantar más. Viendo que se iba a correr, le dijo al viejo― Ojalá esa picha se pusiera dura y la pudiera meter dentro de mi coño cuando acabe con mi hermano.
El viejo se la frotó en los labios, Renata, se la lamió y ya no le dio tiempo a más― ¡Me corro, me corro, me corro, me corro!
Renata se corrió en la polla de su hermano que la sacó y se corrió en la entrada de su ojete y el viejo se corrió en su boca.
Sansón comenzó a ladrar. Venía una mujer con un remolque. No pasó cerca de ellos, pero habían terminado de follar, con el viejo, claro.
Esa noche Renata, vestida con la misma ropa que llevaba por la tarde, fue a cobrar a la casa del cabrero, una casa de dos pisos hecha con ladrillos y pintada de blanco. Entró en la casa sin llamar porque la puerta estaba abierta y encontró a José cenando en la cocina.
― Que aproveche, señor José.
― Gracias, Renata.
― Venía a cobrar mis servicios.
El viejo sacó los ocho billetes del bolsillo y se los dio. Renata los cogió y los metió entre las tetas― Estamos en paz.
El viejo, a pesar de tener sus vicios, era hospitalario― Si quieres un poco de cocido, sácalo de la olla.
La invitación le sonó a música celestial, pues a ella el cocido, fuera verano o invierno, la volvía loca.
― Pues como mi hermano se fue a la ciudad al cine de diez a doce y me iba a hacer una tortilla francesa...
El viejo ya había oído bastante.
― Los platos y las tazas están en la parte de arriba de la alacena, los cubiertos y los tenedores en los cajones y la espumadera dentro de la olla. Sírvete como si estuvieras sirviendo en tu casa.
Cuando Renata puso el plato sopero encima de la mesa y el viejo lo vio, supo por qué la muchacha tenía aquel cuerpazo. Renata no se había privado de nada, en el plato había verduras, habas, chorizo, costilla, tocino, oreja y carne de vaca.
Luego cogió una taza en la alacena, la llenó con vino tinto que había en una jarra de cristal, se sentó a la mesa, partió con la mano un trozo de pan de mollete y comenzó a zampar.
Cenaron casi sin hablar. Al acabar de cenar le dijo Renata― Cocina bien para ser hombre.
― El cocido se hace solo, solamente hay que tener que echarle a la olla.
― Toda comida tiene su punto, y hay quien se lo da y quién no.
― ¿Y el vino que te pareció?
― Es uno de los mejores tintos que he bebido, si no es el mejor.
El viejo se hinchó como un pez globo, pues hacía su propio vino y que le hablaran bien de él le encantaba― No está mal, no.
Renata estirando los brazos y el cuerpo, mismo como si se estuviese desperezando, le dijo― ¿Sabe que me apetece ahora?
― Un café y una copa de orujo.
― Eso no estaría mal, pero me apetece otra cosa.
― ¿Qué cosa es esa?
― Echar un polvo.
Al viejo de le dio por reír― Y a mí, no te jode, pero a mi polla solo le falta que le pongan la esquela.
Renata iba a piñón fijo― Enséñeme a mamarla.
― No vas a levantarla.
― Puede que no, pero aprenderé a mamar una polla.
― Me voy a sentir fatal viendo que no puedo...
― Hay otros modos, comiendo el coño es un maestro.
― Bueno, ahí andamos.
― No me copie. ¿Sabe hacerle una paja a una mujer?
― ¿Qué si sé? Yo fui el primero en hacerle una paja a una mujer.
― No es tan viejo como para eso.
― Era una broma. A mi edad, sin no supiera hacer correr a una mujer con los dedos sería un completo idiota.
― Sabe comérmela, sabe hacerme una paja... ¿Vamos para su habitación?
― Vete yendo que yo voy a mear.
― ¿Dónde está esa habitación?
― Al subir las escaleras, la segunda puerta a la izquierda.
Cuando el viejo llegó su habitación, Renata estaba en pelota picada.
― Bueno, ya que estás en mi cama lo podríamos a hacer a mi manera, si quieres, claro.
― Depende. ¿Cómo es a su manera?
― Vendándote los ojos y atándote las manos a la espalda.
― Si eso le excita, adelante.
Fue al armario y cogió de él dos pañoletas que habían sido de una de sus hijas.
― Ponte boca abajo.
Se puso. Con una pañoleta le vendó los ojos y con la otra le ato las manos a la espalda. Luego se desnudó y fue a por ella.
― Primero te voy a hacer una paja.
Con la yema del dedo pulgar le acarició el ojete y con el resto de los dedos le acarició el coño y le frotó el clítoris, se lo frotó bien frotado. Poco más tarde Renata comenzó a gemir. Luego movió el culo hacia arriba y hacia abajo, hasta que sus nalgas apretaron el dedo pulgar, y apretándolo y soltándolo, se corrió como una perra.
― ¡Sí, sí, sí, si, síííií!
Al acabar de correrse Renata, el viejo sacó la mano con la palma y los cuatro dedos engrasados con los jugos de su corrida. La limpió la mano a las nalgas, se las amasó, la cacheteó y después la puso boca arriba, hizo que flexionara las rodillas, que abriera las piernas y luego le dio una lamida al coño de abajo a arriba, a continuación le abrió el coño, lamió sus labios vaginales y después lamió su clítoris. Vio cómo su vagina se abría y se cerraba y le enterró la lengua dentro. Volvieron los gemidos que subieron de intensidad cuando le levantó el culo y le folló el ojete con la lengua. Luego le metió el dedo pulgar dentro del culo. El coño se abrió como una flor. El viejo, follándole el culo con el dedo, lamió su clítoris y en segundos, la muchacha elevó el culo, arqueó el cuerpo y se corrió en su boca.
― ¡Qué gustaaaazooooo!
Mientras Renata recobraba la compostura, el viejo fue a la cocina y regresó con una taza en la que había manteca, taza que dejó encima de la mesilla de noche, justo al lado de donde había dejado su dinero Renata.
― ¿Dónde anda, señor José?
El viejo se estaba untado la polla con manteca y se estaba dando placer con la mano. Pero por más que aquella sensación fuese como la de meterla en un coño lubricado, la polla no se le ponía dura. Le puso la cabeza en los labios y le dijo― Lámela.
Se la lamio por todos los lados, ya que el viejo se la iba moviendo, luego le dijo― Chúpala como si fuera la cabeza de un jurel.
― ¿La muerdo también?
El viejo se alarmó― ¡No!
― Chupa, y luego chupa y mama.
Chupó y mamó. Al rato ya estaba otra vez cachonda y no quería aprender más.
― ¿Ya se le puso algo dura?
― No, ni se pondrá, y mejor para ti que no se ponga, porque cuando se ponía dura era como un monstruo.
― Ya no sería la cosa para tanto.
― Sí que lo era.
― Aunque así fuera, ahora no lo es, así que frótemela como la otra vez a ver si me vuelvo a correr.
― Levanta el culo.
Renata levantó el culo,. El viejo frotó la polla morcillona en el coño y contra todo pronóstico, comenzó a correrse. Entonces la polla se puso dura y entró hasta el fondo del coño. Renata al sentir la leche dentro de ella se volvió loca.
― ¡Quité, quite...! ¡Ay que me corro!
Al acabar de correrse, y ya con la polla fuera y flácida, en vez de volver la calma, volvió el temporal, e temporal de insultos.
― Puto viejo falso de los cojones. ¡Cómo me haya dejado preñada le corto los huevos! Buitre, cabrón...
El viejo la tenía donde quería― Calla Renata, calla, que si no callas te voy a hacer callar yo.
― ¡Bien podrás, saco de huesos! Teniéndome atada bien podrías. Suéltame y vuélveme a decir eso si tienes cojones.
― Tú lo has querido.
Untó el muñón con manteca, un muñón que era más delgado por abajo. Se lo metió de un golpe y de un tirón se lo sacó. Renata exclamó― ¡Ayyyyy!
― Te dije que te callaras
― ¡Me acabas de romper el coño, maricón!
El viejo la amenazó― No me llames maricón que cambio de agujero.
La amenaza surtió efecto, ya que Renata bajó la voz― ¿Qué me has metido?
El viejo le mintió― La polla, después de sacarla se estiró y se puso dura al correrme, ya te dije que era un monstruo.
La ingenua lo creyó― ¿Cuánto tiempo hacía que no te la ponía así una mujer?
― Hace tantos años que ya no me acuerdo.
― ¿La sigues teniendo gorda y dura?
― Sí.
― Métemela despacito. ¡Pero hay de ti si te vuelves a correr dentro!
― No te preocupes que eso no va a pasar.
El viejo volvió a untar el muñón con manteca. Se lo puso en entrada de la vagina y presionó hasta que entró un trocito. Después fue metiendo y sacando centímetro a centímetro. El coño se fue dilatando y tiempo después entraba y salía haciéndola gemir como una loca. Tardó en correrse, pero cuando se corrió casi se muere del gusto. Fue tanto el placer que sintió que se le fue el habla, se le pusieron los ojos en blanco, junto el mentón con el pecho, babeó..., todo esto y más mientras se convulsionaba con violencia.
El viejo se puso el pantalón mientras Renata se recuperaba. Luego le soltó las manos y le quitó la venda de los ojos. La muchacha vio como le brillaba el muñón al viejo y sacó conclusiones, pero no se enfadó, al contrario, sonrió y dijo― Para meterme el brazo me vendaste los ojos y me ataste las manos. ¡Puñetero farsante!
― ¿Te gustó?
Saliendo de la cama, le respondió― Esa pregunta tendrá su respuesta otra noche que mi hermano vaya al cine de diez a doce.
Otro relato ...