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La Página de Bedri
Relatos prohibidos
Primera aventura
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La primera vez que, después de casada, hice el amor con un hombre diferente a mi marido, fue con un antiguo amigo. Era el amigo de un novio que había tenido antes de conocer a mí marido, y que además, era novio de una amiga mía. Los cuatro salíamos juntos, mi amiga, que era más alta, era la novia este chico; y yo, que soy más bajita, lo era de el de menos estatura.

Mi primera aventura fue totalmente inesperada y en absoluto buscada o preparada. Sencillamente pasó. Era final del verano de mi treinta y cinco cumpleaños. Mi marido estaba en casa de mis padres con nuestros hijos para tenerles ocupados, porque yo había salido para comprar el regalo de cumpleaños del mayor. Cuando estaba en plena calle, ya de regreso, estalló una de esas tormentas estivales que descargan decenas de litros por metro cuadrado es pocos minutos. La lluvia me cogió de lleno empapándome completamente. Afortunadamente el regalo iba dentro de una bolsa plástica que evitó que se mojara. No sucedió lo mismo con el pelo, ni con la ropa. Mi blusa se había mojado tanto que la tela se me había pegado a la piel y notaba que mi sujetador estaba en las mismas condiciones. Ambas prendas, bastante finas y de color blanco transparentaban. Un par de miradas de viandantes solo hicieron que confirmar que la transparencia hacía que mis pechos se revelaran como más que evidentes. Además, el frío había activado mis pezones que notaba duros. Abracé el paquete contra el pecho y corrí por la acera buscando un lugar dónde refugiarme. No había lugar y casi me resigno cuando una voz me llama desde un portal. Ni siquiera levanté la mirada para ver quién era. Solo lo hice cuando ya dentro del portal le di las gracias. Me sorprendió verle, no lo hacía desde que rompí con su amigo. Nos saludamos con un par de besos rápidos y después de algunos cumplidos, y al ver mi lamentable estado propuso— ¿Por qué no subes a casa, te secas un poco y mientras entras en calor con una rica infusión nos ponemos al día?.

— ¡No, no! —Respondí esquiva— tengo que ir a casa.

— Estás empapada y tiritando, te secas y te tomas una de esas infusiones que tanto te gustan.

Puede que hubiera sido la oferta de la infusión o el frío que me hacía temblar de forma ya ostensible pero acepté. Además, un fuerte relámpago, seguido casi inmediatamente por un potente trueno— les tengo pavor— decantó rápidamente mi decisión.

Subimos en el ascensor y entramos en su pequeño apartamento. Me quedé en medio del salón, quieta sin saber muy bien que hacer, mientras él salía para regresar de inmediato con una suave toalla de baño. Me la alargó al tiempo que decía— Te la cambio por ese paquete tan valioso del que no te separas.

— Disculpa, es el regalo de cumpleaños para hijo mayor —dije al tiempo que se lo daba a cambio de la toalla. Fue entonces, al apartar el paquete, cuando vi una expresión fugaz en su rostro. Mejor dicho dos, una de sorpresa y otra de deseo. Instintivamente me cubrí el pecho con la toalla.

—Estás completamente empapada, puedes quitarte la ropa y dármela para que la ponga a secar delante de un calefactor de aire; te daré algo seco que te puedas poner, también puedes darte una ducha para entrar en calor.

Le escuchaba frente al espejo del baño donde me miraba. Comprendí entonces la razón de sus gestos. La blusa empapada transparentaba por completo y estaba pegada al sujetador, de tela muy fina, también completamente empapado. Era final de verano y ese año habíamos ido mucho a la playa y por tanto estaba muy morena, excepto en las partes que cubría el bikini. Así que el contraste entre el moreno del sol y el blanco de mis tetas era claramente apreciable. Además, la areola más oscura destacaba en las tetas blancas, además, mis pezones estaban tiesos y se marcaban claramente.

Fue en ese momento cuando me entraron ganas de hacer el amor, unas ganas locas, pero no de salir a la calle a follar con el primero que me gustara. Tampoco correr a casa a hacer el amor con mi marido. Tenía ganas de hacer el amor con este amigo. Es como si alguien hubiera pulsado un interruptor. De repente tenía ganas de hacer el amor. Y con alguien muy concreto.

— Muy bien, si, tráeme algo de ropa que pueda ponerme mientras seca la mía —Dije mientras me desprendía de la ropa mojada y comenzaba a secarme, comenzando por el pelo. Lo hice frente al espejo, mientras me miraba las tetas. Me parecieron como islas blancas entre piel morena con las areolas oscuras y arrugadas rodeando a los pezones tiesos y duros. El vello del sexo destacaba con su negrura en medio de la piel blanca de lo vientre bajo. Pensé que hubiera estado bien recortarlo un poco, no lo hacía desde las última veces que habíamos ido a la piscina.

— Cuando quieras te doy la ropa, puede que te queda grande pero solo tengo esta —Dijo mi amigo desde el otro lado de la puerta.

Entreabrí la puerta para coger las prendas que me ofrecía y después la cerré. Las miré y me decidí por una camisa de rayas verticales azules finas, la olí y sol olía a suavizante de la ropa y se veía bien planchada. Me la puse pero desistí de abotonarla, me era demasiado grande y se me salían las tetas. Una cosa es que me hubieran entrado ganas de hacer el amor y otra que acabara haciéndolo; aquello resultaba demasiado extraño y novedoso para mí.

Deseché otras prendas, una de ellas era un bañador bermuda que me quedaba inmenso y me caía. Quise salir solo con la camisa pero el vello del sexo resultaba demasiado visible rodeado de tanta piel blanca que lo hacía destacar más. Así que me volví a poner las bragas que estaban casi secas.

Al salir ya me estaba esperando con una taza de infusión. Tomó mi ropa y la colocó extendida en el respaldo de unas sillas frente a un calefactor por aire que conectó, tuvo especial cuidado con el sujetador. Luego se sentó en el sofá, a mi derecha pero manteniendo una cierta distancia.

— Cuéntame algo ¿Qué ha sido de tu vida estos años?.

Yo le observaba mientras tomaba sorbos de la infusión. Estaba a buena temperatura y me hacía bien. Al tiempo mis ganas de sexo iban en aumento pero no me sentía capaz de expresarlas. Así que le hice una muy breve síntesis de mi vida.

— ¿Y de ti que ha sido? —Pregunté a mi vez mientras las ganas arreciaban.

— Pues me casé y me divorcie, no duró mucho.

— Pues me parece que ella se lo pierde —Dije apercibiéndome entonces que su miradas se iban buscando mis pechos entre el escote abierto de la camisa. Así que mientras acercaba la taza a la boca para un sorbo le dije— Ya las has visto antes.

Eso le sorprendió y descolocó— ¿Qué he visto antes?.

— Mis tetas —Le respondí desde detrás de la taza.

— Bueno, antes un poco, la ropa mojada transparentaba.

— Puedes verlas ahora si quieres —dije dejando a un lado la taza y extendiendo los brazos haciendo abrirse la camisa pero sin llegar a mostrarle mis pechos.

Al ver que dudaba le reté— ¿No me digas que no te atreves?.

Dubitativo preguntó— ¿Puedo?.

— Claro que puedes ¡Tonto!.

Entonces con su mano apartó la camisa descubriendo la que le quedaba más cercana.

— Tengo otra —dije sonriendo sensual.

Obediente alargó su mano y desnudó entonces mi teta izquierda. Y al estar con las tetas al aire, solo cubierta por mis bragas y las ganas que tenía se acrecentaron.

Al verle mirándome las tetas de aquella manera, que parecía obnubilado le dije— ¿Te gustan?.

— Me parecen maravillosas —respondió sin dejar de mirarlas.

Yo también me las había mirado y sabía que mis bragas no cubrían completamente mi vello del sexo y algunos pelitos asomaban por encima. Eso, en lugar de incomodarme me provocó más ganas de hacer el amor.

— Pero esto no es un museo, se pueden tocar —Propuse al tiempo que estiraba por detrás de él mi brazo derecho y adelantaba mi pecho ofreciéndoselo.

Su enorme mano se poso suavemente, parecía que con timidez, sobre mi pecho izquierdo, luego la fue pasando despacio por todo mi pecho hasta llegar al derecho. Lo atraje hacia mí con mi brazo derecho buscándole la boca. No soy nada besucona pero en ese momento deseaba mucho juntar nuestras bocas y cruzar las lenguas. El beso fue largo e intenso. Su mano bajó por mi costado hasta mi cintura. Yo me giré un poco hacia la izquierda ofreciéndole mi cuerpo a sus caricias. Volvió a subir la mano a mi teta derecha y tropezó con el pezón arrancándome un breve suspiro. Luego la bajó hasta el vientre que acarició despacio mientras pasaba por encima de mi pubis camino de los muslos. En cuanto su mano rozó la parte superior de mi muslo derecho, reaccioné separando las rodillas. Cuando su mano entró entre mis muslos y comenzó a acariciármelos por dentro comencé a mover la cadera siguiendo los movimientos de su mano y separándolo los muslos cada vez más. No tardó en presionar, con firmeza, su mano contra mi coño por encima de las bragas.

— ¡Quítame las braga! —Dije con voz entrecortada por el deseo.

Metió su mano bajo mis bragas, por encima de mi pubis, enredando sus dedos en el vello de mi sexo. Por mi parte, levante la cadera y en cuanto las bragas pasaron de mis rodillas las empujé con un píe y dejé caer al suelo.

Desnuda y expuesta me ofrecí con la mirada. Él aceptó y mientras con su mano derecha exploraba mi coño desnudo su boca buscó mi teta derecha succionando mi pezón al tiempo que con su lengua jugaba con él, su enorme mano se había adueñado de la parte baja de mi vientre y con un dedo frotaba mi clítoris. Su mano izquierda había pasado por mi espalda atrayéndome hacía él y modulando mis movimientos pélvicos.

Poco apoco, su dedo corazón empezó a entrar en mí. Mi reacción fue adelantar la cadera y moverme hacia el dedo, y suspirar. Puede que de placer pero puede que también de alivio porque podía calmar aquellas ganas de tener sexo. Mi respiración se iba acelerando y en pleno arrebato de deseo le dije— ¿Hacemos el amor?.

— ¿Quieres hacerlo? —Respondió ansioso.

— Tengo muchas ganas de hacer el amor contigo —insistí susurrando.

— ¿Estás segura de que quieres follar conmigo? —Parecía que todavía tenía dudas.

Conteste asintiendo con la cabeza besándolo por toda la cara y el cuello mientras él se movía para quitarse la ropa. No esperé por su respuesta y me puse a horcajadas sobre él que ya se había bajado el pantalón y la ropa interior. Cogí su polla con dos dedos y la dirigí entre los labios del coño colocándola a la entrada de mi vagina. Él lanzó sus dos enormes manos a cubrirme las tetas presionándomelas como si las quisiera aplastar. Yo noté las palmas de sus manos con mis pezones que percibía extraordinariamente tiesos y duros.

Luego fui bajando despacio hasta que entró todo dentro de mí. Sorprendentemente penetró muy fácilmente pese a que notaba que era una polla bastante grande y entendía que mi lubricación tendría que ser escasa. Pero no era así, y empecé a moverme arriba y abajo, y al tiempo hacia delante y hacia detrás, rotando la cadera con verdadera lujuria. Él bajó sus manos a mi cintura moviéndome para acoplar nuestros movimientos y luego las pasó a mis nalgas que presionó atrayéndome hacia su cuerpo, y también guiándome.

Notaba como mi propia respiración se iba acelerando, como se me escapaban los gemidos. Notaba lo mismo en él mientras me atenazaba las nalgas con sus manos, y su lengua me aprisionaba la boca con el beso más intenso que había tenido hasta entonces. Nunca hasta entonces una lengua había entrado tan profundo ni tanto tiempo en mi boca.

Notaba venirme un orgasmo, como crecía dentro de mí y como comenzaba a liberase. Aceleré la velocidad de mis caderas al ritmo que me marcaban sus jadeos, y siguiendo a sus manos, y procurando que las penetraciones fueran muy profundas. Hasta que de repente explotó y sus manos se aferraron a mis nalgas atrayéndome fuertemente contra él. Sentí como una descarga eléctrica, me hizo un poco de daño pero me gustó. Noté todo su cuerpo tensarse y oí como de su garganta salía un murmullo ronco. Me abracé fuerte contra él y el hizo lo mismo presionando nuestros cuerpos cómo si al aumentar la masa aumentara el placer.

Noté cada una de las palpitaciones de su pene en mi vagina descargando todo su semen en mi interior. Me quedé sentada sobre él, con su pene ablandándose dentro de mí mientras nos comíamos a besos y nos seguíamos abrazando con fuerza. Yo me sentía sexualmente completamente satisfecha.

Cuando noté que su miembro se salía, me senté a su lado en el sofá, sofocada y pensando ahora lo que había hecho. Estaba confusa pero al menos, aquellas incontenibles ganas de hacer el amor se me había quitado. Estaba doblemente confusa porque las ganas eran solo de hacer el amor con él que nunca me había atraído y seguía sin hacerlo. Pero me lo había pasado muy bien, había tenido un orgasmo más que notable y había reencontrado a un antiguo amigo.

— Tengo que irme —Dije de repente levantándome para ponerme las bragas.

— Date una ducha rápida mientras te plancho la ropa.

— ¿Lo harías?

— ¿Después de lo que me has hecho, lo que haga falta? —Dijo dedicándome una mirada tierna a los ojos.

— No, no me ducharé, antes tenemos que hablar —Le dije muy seria y sentándome nuevamente en el sofá, con las bragas puestas pero las tetas al aire— Esto que ha pasado no tiene ninguna lógica ni explicación, de repente me entraron ganas de hacer el amor y fue contigo. No lo confundas, ha sido solo sexo, no ha sido amor. Amo a mi marido y tengo una vida sexual muy satisfactoria y sentimentalmente no me falta de nada.

— ¿Entonces…? —Preguntó mirándome.

— Pues entonces nada, somos dos antiguos amigos que nos hemos encontrado y hemos hecho el amor.

— Me gustaría… —Dijo mirando al suelo pero no le dejé acabar la frase— ¿Te gustaría que volviéramos a hacer el amor?

— ¡Si, me gustaría!

— Pues no sé si la próxima vez que nos veamos me volverán a entrar las mismas ganas… Pero una cosa clara, de lo que ha pasado aquí nada a nadie. Lo negaré todo si es preciso.

— De acuerdo, si la próxima vez que nos veamos tienes ganas…

— Si la próxima vez que nos veamos tengo ganas de hacer el amor contigo te lo diré.

Otro relámpago iluminó la sala como un flash y el trueno hizo temblar los cristales. El ruido contra los cristales indicaba que la lluvia era más intensa que al principio.

— Llueve demasiado, si quieres te acerco en mi coche —Me ofreció.

Bajamos al aparcamiento subterráneo y nos dimos algunos besos de pico, tiernos en la punta de los labios al sentarnos en el coche. Le pedí que me dejara al principio de la calle, y al bajarme, me besó en la boca. No me ofendió, lo consideré muy normal, ya no tenía ganas de hacer el amor con él pero si de sus besos y su ternura. Tomé el paquete del regalo y salí del coche. Cuando me volví a despedirme, con la puerta todavía abierta le di las gracias por haberme llevado.

— Gracias a ti por haberme hecho feliz.

Corrí hasta casa porque volvía a diluviar. Entré, me fui al baño, me quité toda la ropa que dejé en el sueño del baño y tomé una ducha más reparadora que de limpieza. Luego, la jornada continuó con sus rutinas de siempre. Excepto a la noche, mi marido y yo hicimos el amor mejor que nunca. Me entregué por completo y gocé de más de un orgasmo. Luego nos dormimos desnudos y abrazados.

Un tiempo después, volví a encontrar a este antiguo amigo varias veces más, pero eso es cosa de otra historia.

Tere.

 

 

Aventuras de una mujer casada

Tere es una mujer casada a la que gustan las aventuras sexuales y el sexo furtivo. Dicho de otra manera, le gusta el sexo con otros hombres distintos a su marido. Pero eso no significa que le sea infiel, solo que, en ocasiones, sin que ella sepa los motivos, le entran ganas de hacer el amor con un hombre en concreto. ahora aprovecha esas situaciones para su placer.

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